Miguel Grima, alcalde de Fago, fue asesinado la noche del 12 de enero de 2007 cuando regresaba a casa desde Jaca. Tres semanas después, Santiago Mainar, un guarda forestal del mismo pueblo, fue detenido como presunto autor.
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Miguel Grima, alcalde de Fago, fue asesinado la noche del 12 de enero de 2007 cuando regresaba a casa desde Jaca. Tres semanas después, Santiago Mainar, un guarda forestal del mismo pueblo, fue detenido como presunto autor. Este relato reconstruye, a partir de testimonios y documentos judiciales, los conflictos que envenenaban la vida de aquel pueblecito del Pirineo de Huesca.
La noche del 12 de enero de 2007, Miguel Grima abandonó la reunión de alcaldes en Jaca preocupado por su lumbalgia y ansioso de regresar a Fago. Mientras conducía su viejo Mercedes por la carretera oscura del Pirineo, no sabía que se acercaba a una emboscada. Alguien le esperaba en el camino de regreso a aquel pequeño pueblo donde había construido su vida veinte años atrás.
Fago es un lugar singular: un municipio de apenas treinta almas, gobernado por un solo alcalde elegido mediante concejo abierto, donde media población comparte el apellido Barcos y donde las casas se designan por el nombre de quien las construyó. Miguel Grima, forastero llegado de Zaragoza en busca de una existencia más apacible, había transformado un pajar en vivienda y se había convertido en autoridad de este recóndito paraje pirenaico. Pero bajo la aparente paz de aquellas montañas se escondía una realidad distinta: durante años, el odio y el rencor habían envenenado el aire del pueblo, creando una olla a presión.
Tres semanas después del asesinato, la Guardia Civil detuvo a Santiago Mainar, un guarda forestal vecino de Fago que, paradójicamente, había sido quien ayudó a Miguel Grima a encontrar casa cuando ambos compartían el sueño del neorrural: abandonar sus empleos en la ciudad para vivir en armonía con la naturaleza.
Este relato, basado en gran medida en el sumario judicial, reconstruye el crimen que convulsionó España. No pretende resolver el misterio ni establecer culpabilidades, tarea que corresponde a los tribunales. En cambio, intenta acercarse a los personajes, a sus circunstancias, a los conflictos fermentados en silencio en aquel pueblo perdido de los Pirineos. Es el resultado de pacientes conversaciones con las familias de la víctima y el acusado, personas que durante un año guardaron silencio, y que finalmente confiaron sus historias a este libro.
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