Mayo de 1982 en Port Arthur. Armando Fierro, agente secreto argentino, llega discretamente a esta localidad canadiense para investigar el asesinato de Héctor Pontini, su compañero de misiones.
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Mayo de 1982 en Port Arthur. Armando Fierro, agente secreto argentino, llega discretamente a esta localidad canadiense para investigar el asesinato de Héctor Pontini, su compañero de misiones. Lo único que lo guía es que Pontini perseguía a una mujer vinculada con agentes británicos. En el departamento donde lo encontraron, Fierro descubre un papel con un nombre y una dirección de hotel. Esa noche, sus movimientos lo llevarán al encuentro con Sue Chamberlain y con Broderick Karr, un agente estadounidense. Lo que comienza como investigación solitaria se convierte en un juego de tensiones entre potencias.
En la noche del mes de mayo de 1982, Armando Fierro llega en automóvil a Port Arthur, una localidad canadiense asentada sobre las aguas del Lago Superior. Es un agente secreto argentino que ha llegado discretamente, sin avisar a las autoridades, movido por una misión clandestina: investigar por su cuenta el asesinato de Héctor Pontini, su compañero de confianza en misiones anteriores.
Pontini operaba en Quebec tras una mujer vinculada con agentes del servicio secreto británico, pero fue hallado sin vida en un modesto departamento de Port Arthur, a más de mil cuatrocientos kilómetros de su supuesto destino. Tres heridas de bala, una en el vientre y dos en el corazón, fueron la causa. Fierro está convencido de que su compañero, antes de caer, habría encontrado la manera de dejar una pista.
Esa noche, Fierro se abre paso escalando fachadas en la oscuridad. En el interior del pequeño departamento, sin encender luz, recorre habitaciones y pasillos iluminándose apenas con una linterna. En el comedor, plantado en la oscuridad con las manos en los bolsillos, medita. Finalmente, bajo la tercera pata de la mesa, encuentra un papel doblado: Sue Chamberlain, Nipigon Hotel, Algoma Street. El mensaje es escueto pero revelador.
Esa misma noche, en el comedor del hotel mencionado, Sue Chamberlain cena mientras los demás comensales no pueden apartar la vista. Es una mujer de presencia que impacta: pelirroja, de ojos oscuros profundos, esbelta y de andar envolvente. Cuando le avisan de una llamada telefónica, acude a conserjería pero encuentra la línea muda. Sin mostrar alarma, regresa a su cena y luego a su habitación. Poco después baja nuevamente, ya envuelta en un elegante abrigo.
Armando Fierro la ha estado observando desde su automóvil. Mientras ella camina hacia la cabina telefónica y luego desaparece en un cine, Fierro evalúa cada movimiento. Pero en el momento en que se prepara para actuar, una voz extraordinariamente suave y tranquila suena desde el asiento trasero. Es Broderick Karr, un agente de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense, apuntándole directamente con una pistola.
Lo que comienza como un enfrentamiento tenso evoluciona en una conversación compleja. Karr asegura que Sue Chamberlain no asesinó a Pontini, aunque ambos persiguen información sobre lo mismo. En un pequeño restaurante donde comparten hamburguesas y cerveza, los dos agentes de mundos opuestos negocian un acuerdo tácito. Karr promete revelar los movimientos y patrones de comportamiento de la mujer británica, bajo la condición de que Fierro abandone su impulso de venganza inmediata y actúe como profesional.
La novela despliega una trama de espionaje internacional donde argentinos, británicos y estadounidenses juegan un juego peligroso en territorio canadiense, con el telón de fondo de tensiones geopolíticas sin resolver.
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