Bajo un cielo despejado en el Morelos rural, segadores y cosechadores trabajan en los trigales. Mercedes Saldaña, hija del hacendado más rico de la región, contempla este mundo lejano de su vida de sedas y perfumes, mientras Josefa, una…
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Bajo un cielo despejado en el Morelos rural, segadores y cosechadores trabajan en los trigales. Mercedes Saldaña, hija del hacendado más rico de la región, contempla este mundo lejano de su vida de sedas y perfumes, mientras Josefa, una joven campesina de rebeldía callada, bebe agua de una tinaja sin apartar la vista de ella. En el camino, el carretero Emiliano abraza a su caballo extenuado con ternura, gesto que conmueve a las dos mujeres. Detrás de estos encuentros cotidianos, los poderosos tejen planes de cercamientos y represión que ensombrecen el horizonte de los pobres.
En las tierras de Morelos, durante la época de cosecha, Mercedes Saldaña regresa al rancho familiar y se encuentra nuevamente con la vida del campo que conoció en la infancia. Mientras observa a los segadores trabajar bajo el sol, descubre en los rostros de esos hombres y mujeres una naturalidad que contrasta radicalmente con su mundo de ciudad y refinamiento. Su atención se fija en Josefa, una muchacha de belleza natural, piel tersa, cuerpo joven y lleno de líneas perfectas, quien bebe agua como si probara un regalo del cielo. Hay algo en esa mirada indiferente de Josefa, en su aire de desafío tranquilo, que despierta en Mercedes una mezcla de curiosidad e inquietud.
Mientras regresa en caballo con su prima Ángeles, Mercedes presencia un encuentro que la conmueve: un carretero, al verse incapaz de hacer avanzar a su carro, no golpea al animal sino que lo abraza, apoyando su mejilla en la cabeza del caballo y murmurando palabras de afecto. El hombre lleva inscrito en su rostro el sufrimiento de los olvidados: cejas largas y fruncidas, ojos grandes cargados de una resignación estoica, bigote triste. Cuando percibe la presencia de las mujeres, Mercedes entabla con él una breve conversación que revela un corazón sensible pese a la dureza de su trabajo: “Ellos también sufren”, responde el carretero cuando ella comenta sobre el trato a los animales.
Ese hombre es Emiliano, quien apenas puede apartar la vista de Josefa cuando ella, en el campo de trigo, lo mira con un anhelo que no puede disimular. Emiliano lucha contra su propia indignidad: ¿qué puede ofrecerle sino miseria? Pero Josefa espera, sin moverse, sabiendo que es él quien debe dar el primer paso. Cuando aparece el capataz y el temor paraliza a todos, es Josefa quien permanece de pie, desafiante, trabajando mientras lo observa. Para Emiliano, ese gesto silencioso contiene toda una declaración: “Eres valiente, cariño; valiente y rebelde”.
En la hacienda, Mercedes recibe la visita del Capitán Ramírez, jefe de los rurales. El militar, marcado por una cicatriz en la mejilla, no oculta su interés por Mercedes, aunque ella responde con una frialdad que lo desconcierta. Don Manuel Saldaña, padre de Mercedes, aprovecha la ocasión para exponer ante Ramírez los planes que ambos han fraguado: cercar las tierras de pastoreo con alambradas y abrir fuego contra quienes intenten traspasar esos límites. Es una estrategia brutal destinada a despojar a los pobres de sus recursos, disfrazada de orden y legalidad. Saldaña, demasiado viejo para engañarse, reconoce que se trata de un acto de pillaje, pero su corazón hace tiempo que está seco.
Marcos, primo artista de Mercedes, ha capturado en un dibujo el rostro de Josefa con admirable fidelidad, reproduciendo incluso su expresión de rebeldía. La novela entrelaza así los destinos de estos personajes: la pasión silenciosa de Emiliano y Josefa, la complicidad de los poderosos en la represión, y el sensible testimonio de quienes, como Mercedes y Marcos, observan todo sin poder o querer intervenir.