Pantea espera en el jardín contemplando al hombre que las plantas escuchan y las aguas obedecen. Hölderlin presenta tres versiones fragmentarias de La muerte de Empédocles, tragedia donde el poder de este filósofo siciliano despierta…
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Pantea espera en el jardín contemplando al hombre que las plantas escuchan y las aguas obedecen. Hölderlin presenta tres versiones fragmentarias de La muerte de Empédocles, tragedia donde el poder de este filósofo siciliano despierta adoración y miedo. Entre el entusiasmo popular y la conspiración de quienes lo ven como amenaza, Empédocles experimenta la caída más abrupta: pasar de dios a ser expulsado, traicionado por quienes lo veneraban, descubriendo en la soledad que su orgullo fue su ruina.
Pantea aguarda en la sombra del jardín de Empédocles, anhelando verlo una vez más. Así comienza esta tragedia fragmentaria donde Hölderlin recrea el destino del filósofo siciliano que desafió los límites entre lo divino y lo humano.
El extraordinario poder de Empédocles despierta veneración en todos cuantos lo rodean. Se dice que las plantas le prestan atención, que las aguas brotan donde su vara toca el suelo, que los cielos se abren a su paso. Pantea, cautivada por su magnetismo, lo sigue con el pensamiento, anhelando ser su alumna, elevarse hasta el éter donde su mente se pierda. Pero mientras la población lo adora como a un dios, los líderes políticos y religiosos —el arconte Critias y el sacerdote Hermócrates— observan con creciente inquietud cómo el pueblo ha abandonado las leyes, los festivales ordenados, la estructura misma de la ciudad. Empédocles ha cautivado sus almas de tal modo que nada existe fuera de él.
Hermócrates diagnostica el peligro: un hombre que se ha sentido a sí mismo como un dios, que en su exceso ha olvidado las distancias necesarias, que pronto despertará de su embriaguez con sed de venganza. La conspiración se teje en la sombra. Han decidido presentarlo ante el pueblo para expulsarlo al desierto desolado de donde no regresará jamás.
En el monólogo final, Empédocles expresa la plenitud de su caída. Recuerda el tiempo en que la naturaleza lo reconocía, cuando los sedientos acudían a él. Pero ahora ciego, traicionado, comprende su culpa: en su orgullo profanó el santuario, quebrantó la alianza sagrada. Los genios del mundo se olvidaban de sí mismos en él, y él solo pensó en sí mismo. Hölderlin entrega aquí tres versiones fragmentarias de esta tragedia, cada una concentrándose progresivamente en lo lírico y simbólico, permitiendo múltiples aproximaciones a la caída del hombre que osó igualarse a los dioses.
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