En un pueblo de Cuba, Arnaldo narra el encuentro que cambió su vida: salvar de una paliza a David, un muchacho frágil cuya existencia se debate entre el cuidado obsesivo de su abuela moribunda y los dictados de una madre protectora.
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En un pueblo de Cuba, Arnaldo narra el encuentro que cambió su vida: salvar de una paliza a David, un muchacho frágil cuya existencia se debate entre el cuidado obsesivo de su abuela moribunda y los dictados de una madre protectora. Aquella tarde en el bosque marca el inicio de una amistad profunda que explorará la adolescencia, la soledad y los misterios del corazón en una búsqueda permanente de identidad y sentido.
Arnaldo y sus amigos regresan de visitar las chivas cuando escuchan voces en un bosquecillo cercano. Allí encuentran a un muchachito flaco amenazado por un hombre corpulento que se dispone a golpearlo con un cinturón. Algo en el instinto de Arnaldo lo empuja a intervenir, a defender a quien no puede defenderse. Cuando el agresivo hombre comienza a explicar sus razones, los amigos de Arnaldo toman partido: no es propio de hombres abusar de los débiles. El gigante se retira derrotado. Así conocen a David.
El muchacho es David, un ser de contradicciones: delicado en sus gestos, protector de su abuela enferma, lector de la Biblia, piadoso. Pero también es desgarrado por las tensiones entre lo que su cuerpo es y lo que el mundo espera de él. Su madre, Estela, es una mujer de belleza desconcertante que lo custodia con ferocidad, con su falda blanca de lunares negros, sus amenazas dirigidas a cualquiera que intente corromper a su hijo. Cuando llega para informar que la perrita Carolina ha muerto, David se quiebra. Estela no cede a la compasión; la crianza es dureza, y un hombre no debe llorar por tan poca cosa. Arnaldo se queda con David, quien confía en él lo suficiente para dejar caer el puente levadizo que lo separa del resto del mundo.
La amistad germina en ese momento. David es portador de dilemas existenciales que lo atormenta: ¿estamos dormidos o despiertos? ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Merece sufrir la gente que ama? Arnaldo, por su parte, es testigo de una sensibilidad poco común, de una tristeza y gracia simultáneas que lo transforman. Juntos, estos dos personajes navegan la adolescencia cubana, donde la identidad es un terreno minado y la soledad puede ser tan asfixiante como la compañía.
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