Una mujer abre el buzón y ve el nombre de su hijo ausente en un sobre del banco. Cierra la puerta de su hogar y allí, en soledad, permite que la tristeza emerja.
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Una mujer abre el buzón y ve el nombre de su hijo ausente en un sobre del banco. Cierra la puerta de su hogar y allí, en soledad, permite que la tristeza emerja. Nathalie es una de ocho madres cuyas vidas fueron destrozadas cuando sus hijos fueron reclutados por el Estado Islámico. Este libro recoge ciento treinta horas de testimonios de familias francesas y belgas atrapadas entre la culpa privada y el estigma público de la radicalización extremista.
Una mujer abre el buzón de su casa y ve otra carta dirigida a su hijo desaparecido hace meses. Cierra los ojos, sube las escaleras, abre la puerta de su hogar. Solo en la soledad de esas cuatro paredes permite que la tristeza aflore. Nathalie no llora en público. Durante ocho horas cada día, en su puesto de trabajo como encargada de una perfumería, mantiene un rostro indiferente cuando sus compañeros debaten sobre la suerte que deberían correr los jóvenes reclutados por el Estado Islámico. Escucha sus voces deseando bombas y muerte, respira profundamente y no dice nada.
Esta obra reúne los testimonios de ocho mujeres y un hombre: siete madres, una hermana y un padre de jóvenes europeos reclutados por el Estado Islámico entre 2013 y 2015. Sus voces emergen de ciento treinta horas de conversaciones que el autor mantuvo con familias francesas y belgas desde abril de 2016. Los encuentros ocurrieron mayormente en la intimidad de los hogares, espacios donde las puertas se abrieron para revelar habitaciones vacías, cicatrices sin nombre y miedos guardados. El libro es resultado de una escucha respetuosa, de permitir que cada familia contase su historia sin interrupciones ni juicios.
El fenómeno es masivo. Entre 2012 y 2016, decenas de miles de jóvenes europeos abandonaron sus hogares hacia Siria e Irak. Francia exportó aproximadamente mil setecientos combatientes; Bélgica, cercana a quinientos. Ocho de esos jóvenes, entre dieciocho y veintiséis años al partir, son el corazón de este libro. Cuatro han perecido. Tres permanecen en territorio sirio o iraquí. Uno cumple condena en Francia. Sus madres, padres y hermanos cargan cada día preguntas sin respuesta: ¿Qué hizo mi hijo? ¿Participó en atrocidades? ¿Sufrió?
Estas familias viven atrapadas entre dos silencios: el privado, donde guardan la verdad terrible, y el público, donde fingir es la única defensa contra la incomprensión. Muchas abandonaron sus empleos por depresión. Algunas consideraron el suicidio. Todas mintieron sobre el paradero de sus hijos. El libro trata de seres humanos, de sus contradicciones, de cómo continúan viviendo después de que la tempestad arrasó sus vidas. Es una invitación a mirar sin juzgar, a entender que las familias de los yihadistas también son víctimas de la radicalización.