En un atardecer de Niza, el elegante yate Corsair se mece suavemente sobre aguas calmadas. Johnny O'Keefe, marinero irlandés de treinta años con cuerpo de titán, pasa la tarde jugando a las cartas con Albert Fenton.
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En un atardecer de Niza, el elegante yate Corsair se mece suavemente sobre aguas calmadas. Johnny O'Keefe, marinero irlandés de treinta años con cuerpo de titán, pasa la tarde jugando a las cartas con Albert Fenton. Cuando un desconocido de mirada huidiza ronda insistentemente el barco, la calma se quiebra. Implora ver a Basil Dunbar, el propietario. Momentos después, disparos. El hombre cae al agua. Comienza un misterio envuelto en sangre: alguien estaba dispuesto a matar para silenciar lo que sabía.
En un puerto de Niza, donde los yates oscilan con suavidad sobre un mar de cristal, destaca el Corsair: una embarcación de doscientas toneladas, palacio flotante de acero y lujo. Johnny O’Keefe, marinero irlandés de treinta años con hombros de titán, ocupa su tarde jugando a las cartas en cubierta con Albert Fenton, el secretario del propietario, hombrecillo amargado que acaba de perder su fortuna en la partida.
El ocaso tiñe todo de oro. Los gallardetes cuelgan lacios. El mundo parece detenido en esa claridad gris que precede a la noche. Es entonces cuando Fenton advierte a un hombre vestido de oscuro rondando la pasarela por tercera vez. Sus ojos son huidizos, pálidos y helados.
Johnny lo interroga desde la borda. El desconocido pide trabajo. Luego, con urgencia soterrada, implora hablar con Basil Dunbar, el propietario ausente. Algo grave en su tono. Johnny, creyendo reconocer a un soñador, rechaza al visitante.
En ese instante, antes de que el hombre pueda responder, suenan disparos. La bala zumba sobre sus cabezas. Johnny se lanza detrás de la borda. El desconocido corre. Un segundo disparo. Los pasos se detienen. En la penumbra, Johnny ve al hombre tambalearse, caer de costado y hundirse en el agua como plomo.
Johnny bucea entre las aguas oscuras y lo rescata. Mientras los marineros tiran del cuerpo a cubierta, un motor se aleja. La herida es clara: un orificio de bala en la espalda, a la altura del corazón. Buen tiro, murmura Johnny.
La policía llega. El comisario Armet, hombre jovial de cincuenta años, interroga al marinero. ¿Quién era el muerto? ¿Qué buscaba? ¿Por qué mataron para impedirle hablar? Ninguna respuesta clara.
Esa noche, Johnny intenta olvidar lo sucedido en brazos de Freda, una rubia sueca de belleza desafiante. Conducen hacia la Corniche bajo la luz de la luna. Pero mientras se dirigen a una ensenada para nadar, Johnny advierte que un Mercedes gris plata los sigue. La tranquilidad ha terminado. Alguien vigilaba. Alguien tramaba algo que apenas comienza a develarse.
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