La puerta blindada del vestíbulo se cierra con un clic metálico. Desde lo alto de la escalinata de mármol blanco desciende Casey Morgan, heredera de una familia adinerada de Nueva York.
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La puerta blindada del vestíbulo se cierra con un clic metálico. Desde lo alto de la escalinata de mármol blanco desciende Casey Morgan, heredera de una familia adinerada de Nueva York. Su padre ha contratado un guardaespaldas: Dimitri Volkov, un ruso implacable que trabaja para una empresa de seguridad internacional. Semanas atrás, Casey presenció un asesinato en una discoteca y se convirtió en testigo incómodo. A partir de ahora, Volkov manda. Entre ella, desafiante e irónica, y él, frío y profesional, surge una tensión que vibra en cada mirada.
En la mansión de los Morgan, en Westchester, la puerta blindada se cierra con un clic metálico. Desde lo alto de la escalinata de mármol blanco desciende Casey Morgan, heredera de una de las familias más adineradas de Nueva York, bajando con el ritmo tranquilo de quien ha crecido rodeada de lujo. Su madre la aguarda con un anuncio que no es una propuesta: su padre ha contratado un guardaespaldas. Dimitri Volkov aparece como un bloque de autoridad: casi dos metros de altura, músculos que no intenta disimular, un traje hecho a medida con precisión quirúrgica, la expresión de un soldado en operativo. Trabaja para Sentinel Operative Group Internacional, una empresa que protege diplomáticos y ejecutivos de alto perfil. Es frío, metódico, implacable. Casey, burlona y desafiante, lo saluda con su ironía habitual: parece extraído de un catálogo de muebles escandinavos. La razón de su presencia no es un capricho paternal. Semanas atrás, Casey y su amiga Norma salieron por la puerta trasera de una discoteca y presenciaron lo que no debían: un ajuste de cuentas en la calle. El hombre asesinado, Freddie Narváez, estaba siendo investigado. Lo que Casey vio la convierte en testigo incómodo, en alguien que podría representar un peligro. Su padre no negocia la seguridad. En los desplazamientos hacia Manhattan, en los cafés con Norma, en el tránsito cotidiano, la dinámica entre Casey y Dimitri comienza a teñirse de algo más que profesionalismo. Ella habla, él observa. Ella provoca, él responde con precisión. Lo que comienza como protección se convierte en algo impredecible: una tensión que vibra entre ellos, en cada mirada, en cada pausa, en el espacio denso que crece entre sus palabras.
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