A su llegada a Brasil, el autor contempla desde la cubierta del Federico C las costas de Río de Janeiro, ansioso de traspasar el umbral de aquel nuevo mundo.
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A su llegada a Brasil, el autor contempla desde la cubierta del Federico C las costas de Río de Janeiro, ansioso de traspasar el umbral de aquel nuevo mundo. Con la cabeza llena de proyectos y el corazón inquieto por conocer a los indios silvestres del Mato Grosso, se adentra en un viaje que lo llevará desde la opulencia de las ciudades costeras hasta la profundidad de la selva amazónica, donde aprenderá que la supervivencia exige no solo valentía, sino también humildad.
El relato sigue el periplo de un europeo que abandona su tierra movido por el deseo de conocer el Brasil profundo y establecer contacto con las comunidades indígenas que habitan el Mato Grosso. Tras recorrer las ciudades costeras donde la pobreza y la opulencia conviven, emprende un vuelo hacia el interior en una pequeña aeronave de la fuerza aérea brasileña. En Barra do Garças descubre un paisaje detenido: vaqueros armados conducen rebaños entre polvareda y desafíos, mientras en las cantinas rudimentarias fermentan historias de vidas al límite. Allí conoce al padre Müller, un misionero que hace más de dos décadas dedica su existencia a aquella tierra, subsistiendo con una austeridad radical: apenas una comida diaria para repartir todo lo demás entre quien lo necesita. Su camino lo conduce luego al río Araguaia, corriente que traza la frontera entre estados y los territorios ancestrales de pueblos indígenas. En Araguaiana confluyen personajes que abandonaron sus orígenes por una causa común: el padre Pedro, cuya figura recuerda a un quijote de fe que ha sobrevivido a dos naufragios en ríos infestados; sor Otilia, una monja que vence su miedo para actuar sin vacilación ante la urgencia; y Zezinho, un muchacho mestizo que lee la selva como quien domina su propia morada. A través de ellos aprende a descifrar el lenguaje del bosque: a reconocer el comportamiento del yacaré y el jaguar en su medio, a localizar la iguana para la cena, a seguir el rastro del tapir. La selva deja de ser un conjunto de peligros para convertirse en un ecosistema donde adaptarse, respetar lo desconocido y aprender de quienes ya la habitan son las únicas monedas de cambio para la supervivencia.
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