Un joven cabalga al atardecer por las praderas de Nueva York. En la vastedad de aquella naturaleza otoñal, mientras el silencio se mezcla con el trote de su caballo, descubre algo inesperado: la presencia de Dios.
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Un joven cabalga al atardecer por las praderas de Nueva York. En la vastedad de aquella naturaleza otoñal, mientras el silencio se mezcla con el trote de su caballo, descubre algo inesperado: la presencia de Dios. Esta memoria ficcionalizada narra cómo una experiencia mística en la adolescencia marca el comienzo de una larga búsqueda espiritual que conduce al seminario. Un relato sobre el encuentro entre la belleza del mundo y la vocación religiosa.
Poco antes de cumplir dieciocho años, Pedro Pablo Ros viaja a Norteamérica alojándose en un rancho de Poughkeepsie, donde cada atardecer ensilla uno de los caballos y cabalga por las praderas del estado de Nueva York. Inicialmente, el joven adopta la pose del vaquero de cine: sombrero, cigarrillos, la búsqueda romántica de una identidad aún por construir. Pero en medio de aquella adolescencia aparentemente superficial, algo extraordinario ocurre.
Una tarde otoñal, contemplando la puesta de sol —los árboles lejanos, las nubes rosadas e iridiscentes—, experimenta un momento de fusión completa con la naturaleza. Deja de ser observador. Se siente a sí mismo como el caballo, como la pradera, como el sol que desciende hacia el horizonte. En ese estado de disolución, descubre la presencia de Dios no como verdad aprendida, sino como experiencia directa y arrebatadora.
Esta memoria, contada décadas después, es la puerta de entrada a una compleja aventura espiritual. Es el primer peldaño de una vocación que lo llevará a renunciar a su vida anterior, a entrar en seminario, a recibir ordenación sacerdotal. Pero también es reflexión sobre cómo la belleza del mundo abre los ojos del alma, sobre cómo el silencio permite escuchar lo sagrado.
Emerge un hombre que nunca fue particularmente religioso —que prefería el pelo largo, la compañía de chicas, la literatura de Hesse—, pero que sin embargo nunca se apartó de la fe cristiana. La fe cristiana será su descubrimiento fundamental: lo que mejor permite comprender quiénes somos y para qué hemos venido.