En una carta fechada en el templo de Loreto, Vicente Riva Palacio describe el momento en que vio a Josefina Bros arrodillada ante los altares: «una divinidad», escribe, «un ser encantador».
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En una carta fechada en el templo de Loreto, Vicente Riva Palacio describe el momento en que vio a Josefina Bros arrodillada ante los altares: «una divinidad», escribe, «un ser encantador». Esta colección de cartas inéditas, guardadas casi siglo y medio, muestra al futuro general completamente subyugado por una adolescente de catorce años. Afirma amarla más que a Dios. Durante dos años, sus misivas oscilan entre la devoción casi religiosa, los celos desquiciadores y los tiernos gestos de un enamorado que guarda botines usados y cabello de su amada como talismanes de su amor.
Una mañana en el templo de Loreto, arrodillada ante los altares, apareció Josefina Bros. Así comienza la historia que estas cartas cuentan: con el primer encuentro de un futuro político y escritor que apenas alcanzaba los veintiún años. Vicente Riva Palacio volcará en tinta y papel la intensidad de un primer amor que lo transformó.
Este epistolario inédito, guardado casi siglo y medio, muestra al general Riva Palacio como un joven completamente subyugado por una adolescente de catorce años. En sus misivas, escribe que la ama más que a Dios, porque su amor es como el de un devoto hacia su Señor. Dios existe, pero también existe Josefina, y para Vicente no hay dos de ella, así como no hay dos dioses.
Las cartas oscilan entre la reverencia casi religiosa y los arranques de pasión contenida. Riva Palacio invoca constantemente la pureza de ese primer amor mutuo, la virginidad de dos almas que se guardaron una para la otra. La relación no transcurre sin tensiones: los celos lo desquician, la imaginación le juega malas pasadas, y cuando cree detectar un rival, insulta a Josefina hasta hacerla llorar. Luego, aclarado el malentendido, confiesa que esas lágrimas lo llenaron de alegría, porque probaban que ella lo amaba tanto como él.
Entre declaraciones de fidelidad perpetua y gestos de autodenigración, Riva Palacio intenta acercarse a su amada: pide un botín usado para besarlo, guarda su cabello sobre el pecho, besa pequeños círculos trazados en sus cartas. Son prendas de un juramento amoroso que permite la posesión del ser amado a través de sus objetos.
El lenguaje de estas misivas es cursi, empalagoso, repetitivo hasta la obsesión. Pero bajo esa superficie melosa asoma un joven ambicioso, consciente de estar en el inicio de su carrera y de necesitar trabajar para construir su reputación. Menciona de paso el destierro de su padre, las dificultades económicas de la familia Bros, pero siempre regresa a Josefina.
Estas cartas permiten al lector moderno asomarse a la intimidad de quien sería uno de los grandes personajes del México decimonónico, mucho antes de su reconocimiento público. Es el retrato de un hombre enamorado, vulnerable, intenso, que algún día escribiría novelas pero que primero vivió la experiencia más humana: amar por primera vez.
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