En una esquina de pueblo, dos jóvenes se cruzan después de años de verse sin hablarse. Ella baja por la calle Acije con su diadema blanca, él camina desde el Pozo Bebé con sus manos tranquilas en los bolsillos.
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En una esquina de pueblo, dos jóvenes se cruzan después de años de verse sin hablarse. Ella baja por la calle Acije con su diadema blanca, él camina desde el Pozo Bebé con sus manos tranquilas en los bolsillos. Ese encuentro silencioso, apenas una mirada húmeda, desencadena una obsesión contenida que se despliega en el Paseo, donde él la observa desfilar con su novio poeta, y en las fiestas de San Bartolo, donde la proximidad de los cuerpos comienza a fisura la vida de pueblo.
Zahíra es una muchacha bella y menuda cuya sencillez despierta algo parecido a la risa, a la inocencia. Yónatan es tímido, pero sus ojos verdes intensos rompen el decoro apenas los abre. Viven en el mismo pueblo, separados por quince calles y quince años de distancia social, viéndose casi todas las semanas sin nunca dirigirse una palabra.
Hasta que un domingo de enero se cruzan en una esquina vacía. El intercambio de una mirada les basta para sentir que algo se quiebra en el orden de las cosas.
Lo que sigue es la anatomía de una observación: él aguarda cada tarde en los bancos del Paseo para verla desfilar con el poeta Serrano, su novio. Ella se retoca la diadema cada vez que lo intuye cerca. Entre ellos median amigos, novios, la complicidad del pueblo, pero también esa muralla transparente que los mantiene unidos y separados.
Yónatan vive rodeado de lealtades peligrosas: está el Queque, su amigo retrasado y golpeado por la vida, quien lo sigue a todas partes; está Dani, el fortachón; está la obsesión que lo consume. Durante las fiestas de San Bartolo, el pueblo entero se desmorona en cuatro días de desorden, y es entonces cuando la cercanía física se vuelve insoportable, cuando cada gesto, cada mirada, cada sorbo de agua se convierte en algo cargado de significado.