Un abogado defensor acompaña a su cliente Miguel, acusado de disparos, a través de un interrogatorio judicial español. Entre el deseo de su cliente de contar la verdad y la estrategia legal que exige silencio, emerge una reflexión profunda…
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Un abogado defensor acompaña a su cliente Miguel, acusado de disparos, a través de un interrogatorio judicial español. Entre el deseo de su cliente de contar la verdad y la estrategia legal que exige silencio, emerge una reflexión profunda sobre cómo el pasado remoto condiciona nuestras decisiones presentes. La justicia penal funciona como acusación bajo la máscara de la presunción de inocencia, en un sistema cuyos rituales hunden sus raíces en los tribunales medievales de la Inquisición.
El abogado acompaña a Miguel Godoy a un interrogatorio en los juzgados españoles. Cuando la juez cierra el interrogatorio, el ritualismo de la justicia penal queda expuesto: togas negras con puñetas blancas envejecidas, corbatas de funeral, medallas de oro cuyo significado nadie recuerda. Miguel permanece en el centro de la sala, esposado, entre policías, en una disposición que recuerda una liturgia más que un acto de justicia. El abogado reflexiona sobre cómo ese procedimiento que presume inocencia pero funciona acusando está tejido con hilos del pasado remoto: siglos de tradición jurídica inquisitorial que condicionan nuestro presente de formas casi invisibles. Miguel no comprende por qué debe guardar silencio cuando anhela contar la verdad que no dijo en su primer interrogatorio. Cree que si explica ahora cómo sucedieron realmente las cosas, será reconocido como honesto. Pero su abogado le enseña la paradoja amarga: dos versiones contradictorias del mismo hecho no pueden significar sino una mentira. No importa cuál sea la verdad real; importa solo cómo el sistema la interpretará. La obra es una meditación sobre la imposibilidad de la verdad en un proceso diseñado para proyectar culpa sobre el presunto inocente. Mientras los medios rodean los juzgados con preguntas sin respuesta, la máquina judicial reproduce rituales de siglos donde el acusado se defiende en un campo desigual, esperando siempre el error ajeno, sin posibilidad de ataque propio.
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