Un niño parado frente al cine de un pueblo minero imagina las historias de las películas que sus padres ven dentro, mientras espera bajo la lluvia helada, vagando mentalmente entre ciudades misteriosas y mujeres rubias.
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Un niño parado frente al cine de un pueblo minero imagina las historias de las películas que sus padres ven dentro, mientras espera bajo la lluvia helada, vagando mentalmente entre ciudades misteriosas y mujeres rubias. Es el primer recuerdo que conserva de sí mismo en Olleros, ese poblado de la montaña donde transcurrieron sus primeros doce años y donde aprendería que la vida y la muerte a menudo son lo mismo.
Una novela que comienza en la frontera entre la memoria y la ficción, donde el autor reflexiona sobre cómo la imaginación es la memoria fermentada, cuestionando a quienes insisten en deslindar la autobiografía de lo novelesco. En sus primeros doce años en Olleros, un poblado minero perdido en las montañas, experimentó la dureza de un lugar donde la vida y la muerte frecuentemente se confunden.
El relato teje dos hilos: la historia épica del valle desde El Inglés, misterioso personaje que llegó a principios del siglo diecinueve buscando mineral, pasando por Miguel Botías y su empresa de explotación, hasta la Ferrería de San Blas, la primera fundición de España, que apenas funcionó quince años antes de cerrar; y las escenas fragmentarias de la infancia del narrador en ese mundo de minas, hormigueros humanos y comercios efímeros.
Dos imágenes condensan esa experiencia: un niño parado frente al cine una noche helada, inventando historias a partir de carteleras mientras sus padres ven la película adentro; y ese mismo niño fotografiado en la escuela junto a una bola del mundo, portando una seriedad prematura. En esos rostros que parecen ajenos a pesar de ser propios, en esas fotografías guardadas por la madre, habita la pregunta que estructura la novela: no si hay vida después de la muerte, sino si la hay antes.
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