En un café de Santander conversan el narrador y don Pelegrín Tarín, anciano comerciante que evoca su juventud como crónica viviente de costumbres desaparecidas.
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En un café de Santander conversan el narrador y don Pelegrín Tarín, anciano comerciante que evoca su juventud como crónica viviente de costumbres desaparecidas. Sus estudios en Salamanca, un viaje en barco que terminó perdido diecisiete días en el mar, su entrada en el comercio, los domingos de juego en prados hoy cubiertos de casas, sus cargos públicos: todo teje la vida de un hombre que pertenece enteramente al pasado. A través de sus historias, emerge Santander tal como fue.
La obra abre en un café de Santander. El narrador dialoga con don Pelegrín Tarín, anciano caballero cuya vida entera remite a un tiempo desaparecido. Pelegrín es guardián involuntario de memorias, cronista de usos que la modernidad ha barrido. A través de sus relatos emerge Santander tal como fue: ciudad pequeña donde cada suceso reverberaba en toda la comunidad.
Don Pelegrín narra cómo a los diecisiete años concluyó sus estudios; a los dieciocho se encaminó a Salamanca para estudiar latín, luego filosofía. Su padre lo destinó a la carrera de leyes. Pero el viaje que sería preludio de su destino se convirtió en aventura: montar un mulo cargado de azúcar, partir de Santander ante medio pueblo, cruzar el mar hacia Bilbao, y terminar naufragando diecisiete días. Vientos y tormentas los perdieron en el océano. El capitán nunca había navegado lejos de la costa vizcaína. Tras equivocarse en todos los puertos, regresaron a Santander. El susto paterno cerró cualquier camino hacia la abogacía.
A los veinticinco años entró en el comercio. Días de labor puntuados por misas en Consolación, domingos en que el pueblo explotaba en juego y música en prados donde después se levantaron casas. Con dos amigos que tocaban pífano y rabel, formaban retreta al atardecer en la calle de San Francisco, atrayendo vecinos de todas las condiciones hasta que el Corregidor, temeroso de francmasonería, prohibió sus conciertos.
Se casó a los treinta y uno. Sus años de casado le trajeron responsabilidades: síndico de zapateros, procurador municipal, vocal de junta, tesorero de la Milicia Cristiana. Estos cargos lo llevaron a las tertulias del Obispo, donde se reunían los hombres de mayor consideración de la ciudad. Así transcurrió su vida: tejida de obligaciones públicas, amistades constantes, diversiones modestas, formando la trama de una existencia que pertenecía ya casi enteramente al pasado.
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