La mañana en que oye hablar de miles de millones de soles, el autor renuncia a lavarse. Así comienza este libro de fragmentos—pensamientos que no huyen sino obsesionan, reflexiones donde la filosofía desciende a los abismos.
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La mañana en que oye hablar de miles de millones de soles, el autor renuncia a lavarse. Así comienza este libro de fragmentos—pensamientos que no huyen sino obsesionan, reflexiones donde la filosofía desciende a los abismos. Aforismos sobre Dios, la muerte, el tiempo, la vejez, la libertad. Un ensayo sin trama donde cada pensamiento breve ilumina la perplexidad de existir, de envejecer, de no poder olvidar que se va a morir.
Fragmentos de un hombre que despierta cada mañana con la perplejidad de existir. La mañana en que oye a un astrónomo hablar de miles de millones de soles, renuncia a lavarse: ¿para qué mantener la higiene bajo semejante insignificancia cósmica? Así comienza este volumen de aforismos y pensamientos fugitivos que resultan no ser fugitivos en absoluto, porque son obsesiones—pensamientos cuya característica principal es justamente quedarse, no huir.
El libro medita sobre Dios en sus formas más problemáticas y perturbadoras. El autor cita a Marción, el antiguo heresiarca que enseñaba que los justos desconfiaron de Cristo en los infiernos, creyendo que era un emisario del Tentador cuyas trampas temían. Reflexiona sobre la Cábala: que Dios oscureció voluntariamente su esplendor para que los hombres pudieran soportar la claridad divina. Vuelve al Cristo gnóstico que subió a los cielos por odio del fatum, para impedir que se leyera su destino en los astros. Hay también el budismo y su nada radiante, tan distinta del horror occidental a la nada.
El tiempo es el tema único que merecería toda contemplación—ese tiempo que hace que el dentista destroce mandíbulas, que los hombres envejezcan terriblemente, que Remizov pase de joven brillante a anciano miserable, paralizado y olvidado. La vejez, esa cosa más inesperada de todas. La envidia, la objeción fundamental contra cualquier Creador misericordioso. La libertad, que debilita al hombre mientras que el infierno lo fortalece.
El autor desconfía de Freud—su padre contaba sueños a la madre cada mañana, aguándole toda una vida. Abraza el Pecado Original como la única verdad defendible. Cita a Keats, Swift, Kant, Remizov, y en cada uno ve un espejo de la propia condición. Lo que sostiene el libro es una perplejidad radical: quién es ese yo que experimenta, cómo llegó a existir, por qué sigue aquí. La aridez del lenguaje es la aridez de la existencia. No hay consuelo. Hay solo fragmentos.