En una entrevista que intenta ser sobre el amor, asoma la verdadera pregunta: ¿de dónde nace la necesidad de contar historias? Atrás, un departamento vacío tras la partida de Ernesto.
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En una entrevista que intenta ser sobre el amor, asoma la verdadera pregunta: ¿de dónde nace la necesidad de contar historias? Atrás, un departamento vacío tras la partida de Ernesto. Adelante, la memoria de un joven que descubre en encuentros nocturnos que la literatura vive en el deseo, tejida en narraciones de camiones, trenes, trapecistas. Ester le enseña que sin historias no hay encuentros. Pero ella desaparece cuando regresa su marido. Aparece Marta, y el joven debe aprender a escribir desde otro lugar, mientras el detective Bonifacio Espejo persigue infidelidades urbanas en la ciudad gris, buscando verdades donde solo habita la mentira.
Una periodista llega con su grabadora y sus preguntas sobre el horóscopo, los colores favoritos, la influencia lunar en los asuntos del corazón. Pero percibe enseguida la tristeza que habita en quien entrevista. Hace poco, un Ernesto desapareció llevándose cinco años de intimidad, los cassettes de Silvio Rodríguez, todas las camisas menos una amarilla y horrible. Lo que realmente pesa en el aire, lo que se lee en cada gesto, es el deseo de haber permanecido llorando en ese departamento vacío.
La conversación dispara la memoria. Emerge entonces la historia de un joven en tiempos de cerveza tibia y primeras experiencias, en una ciudad donde el sexo era una promesa. En una fiesta descubre a Ester, una mujer que lo introduce a un territorio desconocido: el de contar historias mientras se hace el amor. Ella pide cuentos, y él descubre que las historias viven donde vive el deseo, que cada encuentro exige una narrativa nueva. Las historias de camiones petroleros, botes y piratas, trenes y ferrocarriles, astronautas y trapecistas mexicanos se repiten y evolucionan. El joven aprende que puede reinventar una misma trama cambiando el punto de vista, los personajes, la voz narrativa. Ester lo exige; él mejora. Vende sus historias a compañeros de curso que lo apodan el Pequeño Dickens. Pero Ester desaparece cuando su marido regresa de un viaje lejano. Aparece Marta, y con ella, el negocio editorial se desmorona porque nadie más quiere escuchar historias. El joven aprende que sin la urgencia del deseo, las palabras se quedan en silencio.
En paralelo, el detective Bonifacio Espejo, mal afeitado y sucio, recibe a una mujer adinerada que quiere investigar una infidelidad. Espejo es el detective de Franklin y San Diego, flojo y a veces eficiente, el que resuelve casos que los investigadores de buen nivel no quieren tocar. Mientras acepta el caso, comienza una persecución por callejuelas grises, moteles, encuentros clandestinos.
Dos historias que convergen en una pregunta central: ¿cómo se escribe? ¿De dónde sale la necesidad de contar? ¿Es el amor solo un viejo cuento que nos contamos para seguir adelante?
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