Brigitte visita a su jefe en la CIA, aquejado por un resfriado, para recibir una misión que rechaza. Un satélite espía ha caído al Caribe y necesitan recuperarlo antes que otros servicios de inteligencia.
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Brigitte visita a su jefe en la CIA, aquejado por un resfriado, para recibir una misión que rechaza. Un satélite espía ha caído al Caribe y necesitan recuperarlo antes que otros servicios de inteligencia. Aunque inicialmente se le asigna vigilancia en una villa de Martinica, Brigitte consigue eludir el encargo. Sin embargo, otro agente experimentado, Malcom Nash, será enviado a la misma villa, cerca de Port de France, donde una anciana duquesa francesa observa gaviotas desde las rocas del mar. Lo que comienza como una operación de rutina promete convertirse en algo más complejo cuando dos agentes se encuentren en el mismo lugar.
Brigitte entra en el dormitorio de Charles Pitzer, jefe de operaciones de la CIA, quien guarda cama aquejado por un resfriado que lo tiene estornudando continuamente. Con una sonrisa, lo besa en la frente y le pregunta si resulta que es humano después de todo. La conversación es ágil, cómplice: Brigitte bromea sobre su condición de agente endurecido mientras Pitzer intenta mantener la compostura. Simón, su ayudante en Nueva York, está presente.
El propósito de la visita emerge cuando Simón explica que un satélite espía estadounidense, el SS-Cuatro, ha caído al Caribe. No se trata de cualquier máquina: es un satélite de vigilancia capaz de fotografiar desde el espacio con precisión asombrosa, equipado con cámaras de rayos infrarrojos, capaz de captar objetos del tamaño de un balón de rugby desde cientos de millas de altura. El sistema de recuperación es ingenioso: cápsulas con microfilmes son expulsadas en órbita, descienden con paracaídas de colores especiales y son recogidas por aviones con redes especiales.
El problema es que el SS-Cuatro ha perdido contacto y ha caído al océano. Washington teme que servicios de inteligencia mundiales —soviéticos, chinos, franceses, británicos— intenten recuperarlo primero. Se han desplegado cien agentes en la región, pero la búsqueda en el vastísimo Caribe continúa siendo una tarea épica.
Pitzer propone a Brigitte vigilar la villa La Gaviota en Lamentin, Martinica, propiedad de Annette Símonet, duquesa de Montpelier. Una anciana dama francesa que lleva años observando aves marinas, delfines y otros animales desde esa altura privilegiada sobre el mar. La coartada es perfecta: nadie se extrañaría de prismáticos continuos en esa casa. Brigitte rechaza con elegancia pero firmeza. Argumenta que no es trabajo para ella, que prefiere descansar, que hay suficientes agentes en la zona. Pitzer consulta con Washington. Brigitte consigue su respuesta: no está obligada. Otro agente, un hombre, será enviado a la villa en su lugar.
El segundo capítulo presenta a Malcom Nash, agente de la CIA desde hace siete años, ahora con treinta y cinco. Su trayectoria es sólida: treinta y nueve misiones exitosas, herido cuatro veces, fracasado solo en cuatro ocasiones. Su promedio es envidiable. Fue interrumpido en unas vacaciones en Miami Beach para ser llamado a Washington. Recibió órdenes de viajar a Martinica y permanecer en la villa de la duquesa, vigilando atentamente.
Mientras el avión desciende, una azafata rubia de hoyuelos le pide que abra el cinturón. Malcom, distraído, apenas la registra. En ese instante, dos agentes destinados a la misma villa, sin saberlo aún el uno del otro, convergen hacia Martinica. La operación que parecía de rutina promete complicarse cuando estos profesionales se encuentren bajo el mismo techo, en la villa donde una anciana duquesa cultiva su pasión por observar las gaviotas del Caribe.
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