Silas Bayton desciende en Santa Cruz de Arizona persiguiendo un nuevo comienzo junto a su antiguo camarada de guerra Dion Nails. Apenas pisadas las calles del pueblo, presencia cómo la tranquilidad aparente se quiebra en minutos: Nick…
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Silas Bayton desciende en Santa Cruz de Arizona persiguiendo un nuevo comienzo junto a su antiguo camarada de guerra Dion Nails. Apenas pisadas las calles del pueblo, presencia cómo la tranquilidad aparente se quiebra en minutos: Nick Norton dispara sin piedad a Jubb Fair en una riña callejera, mientras los vecinos observan con la naturalidad de quien contempla un trámite administrativo. En un pueblo donde la muerte es frecuente pero silenciosa, donde los enterros no interrumpen la rutina, Silas comienza a sospechar que su amigo ha caído en las mismas aguas turbias que lo expulsaron de Nuevo México.
Silas Bayton llega a Santa Cruz de Arizona con el equipaje ligero y los nervios revueltos. Sale de la taberna donde acaba de beber un whisky para preguntar por su amigo Dion Nails cuando la puerta de al lado explota con violencia. Un hombre se sale volando, lanzado como un proyectil por Nick Norton, un pistolero de barba azul de quince días sin rasurar y colt al cinto. La breve riña acaba en tragedia: Jubb Fair cae abatido en medio del polvo de la calle, y en menos de cinco minutos el cadáver desaparece por cortesía de Jim, el encargado de las pompas fúnebres. Nadie protesta. Nadie se detiene. El pueblo sigue su curso con la tranquilidad de quien ha presenciado un evento cotidiano. Así es Santa Cruz: un pueblo donde la violencia germina en silencio, donde los asesinatos ocurren con frecuencia pero no generan alboroto. El viejo zapatero que atiende a Silas lo explica con un humor sombrío: la tranquilidad es cuestión de punto de vista. Hay quienes la llevan en la sangre y quienes necesitan de la intranquilidad para sentirse tranquilos. Nick Norton, al parecer, está decidido a ser el decano de Santa Cruz, a costa de lo que sea. Pero Silas no vino a estudiar los extraños equilibrios del pueblo. Vino por Dion, quien lo ha estado acosando con cartas durante meses, insistiendo en que abandone Nuevo México y se una a él en el rancho de su tío. Silas dejó atrás una ciudad donde sus nervios de veterano de guerra no encontraban paz, donde un idilio se hizo trizas y donde un disparo hacia un hombre poderoso lo convirtió en fugitivo. Santa Cruz le ofrecía redención, o eso le prometía Dion. Pero mientras Silas es conducido hacia un largo barracón de madera que ordinariamente es almacén de grano, donde la gente afluye en grupos, comienza a intuir que algo no está bien. El cobertizo está acondicionado como sala de juicio, con bancos de madera, un estrado tapizado con la bandera nacional, un banquillo para acusados. El viejo zapatero susurró que sería un espectáculo, que Dion sería la figura más interesante. Ahora Silas comprende: su amigo no ha llegado a Santa Cruz para disfrutar de paz, sino que está metido en algo que lo ha puesto ante la justicia.
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