A las cinco de la mañana, sin tema claro ni propósito declarado, alguien se sienta ante la pantalla. En este diario de 2010, la necesidad compulsiva de escribir se entrelaza con reflexiones sobre la soledad no deseada, el envejecimiento y…
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A las cinco de la mañana, sin tema claro ni propósito declarado, alguien se sienta ante la pantalla. En este diario de 2010, la necesidad compulsiva de escribir se entrelaza con reflexiones sobre la soledad no deseada, el envejecimiento y la fragmentación del mundo contemporáneo. Pero también hay observaciones incisivas sobre cómo los gobiernos manipulan el miedo a la inseguridad para justificar políticas discriminatorias contra romaníes y otras minorías vulnerables.
A las cinco de la mañana, sin tema nuevo que trabajar ni propósito declarado, alguien se sienta ante el ordenador. Así abre este diario donde la escritura es acto de necesidad existencial. El autor reflexiona: no ha sabido vivir de otro modo, el juego de las palabras es su único placer, es incapaz de pensar sin escribir. Confesión íntima entrelazada con meditación sobre la soledad no elegida, la que sobrevino tras una partida que dejó un vacío abismal. Pero el diario no permanece en introspección. Con lucidez penetrante, observa cómo en 2010 los gobiernos francés e italiano instrumentalizan el miedo a la inseguridad como herramienta política. Ministros que ganan elecciones prometiendo erradicar ese miedo, luego renovando exactamente el mismo mensaje: localizado el problema, identificados los culpables, en acción contra ellos. Y esos culpables son siempre los romaníes, marginados en campamentos segregados sin educación ni vivienda permanente. Profecía que se cumple a sí misma: se crean las condiciones para que la marginación persista, luego se señala como prueba de peligrosidad, se justifican expulsiones masivas. El escritor observa con ironía devastadora cómo se presenta como acción gubernamental eficaz la lucha contra enemigos que el propio poder ha creado.
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