Una mujer de veintiocho años recoge leña en el sur de Francia hace veinticinco milenios. Su vida corre constante peligro: infecciones, accidentes, depredadores. De cinco hijos, dos han muerto.
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Una mujer de veintiocho años recoge leña en el sur de Francia hace veinticinco milenios. Su vida corre constante peligro: infecciones, accidentes, depredadores. De cinco hijos, dos han muerto. El libro explora cómo la esperanza de vida humana se transformó radicalmente en dos siglos, pasando de cuarenta a más de ochenta años, no por magia sino por control de enfermedades, salud pública y medicina. Hoy enfrentamos una nueva era: la del envejecimiento.
Una mujer de veintiocho años recoge leña en el sur de Francia hace veinticinco mil años, al final de una tarde cálida de primavera. En ese tiempo remoto, la vida es un juego constante contra la muerte. Una infección en una herida puede ser fatal. Un accidente, un ataque animal o la violencia entre humanos pueden acabar con la existencia sin aviso previo. De los cinco hijos que ha traído al mundo, dos han muerto: uno poco después de nacer por fiebre grave, otro a los tres años, enterrado hace apenas un mes.
Sin registros escritos, el análisis de restos óseos revela una realidad paradójica: la esperanza de vida promedio era baja, apenas treinta o treinta y cinco años. Pero esta cifra esconde algo crucial. La mayoría de estas muertes provenían de mortalidad infantil devastadora. Solo el sesenta por ciento de los niños llegaba a los quince años. Sin embargo, quienes sobrevivían a la infancia podían esperar vivir hasta los cincuenta o sesenta años.
Esta realidad se mantuvo prácticamente invariable durante milenios. Incluso en 1800, la esperanza de vida seguía siendo de apenas cuarenta años. Pero entre 1830 y 1850 todo cambió. Desde entonces, cada año, sin interrupción, la esperanza de vida máxima mundial ha aumentado tres meses. En poco más de dos siglos, la vida humana se ha duplicado: de cuarenta años a más de ochenta en países desarrollados.
Este progreso proviene de una combinación de transformaciones: control de enfermedades infecciosas mediante higiene pública y vacunas, agricultura mecanizada que proporcionó mejor nutrición, educación y desarrollo económico, y medicina moderna con nuevas técnicas y fármacos. El descenso del tabaquismo también tuvo impacto medible. Hoy, personas de más de ochenta y cinco años viven con menos discapacidad que hace tres décadas.
Pero esta victoria representa una paradoja. La humanidad se ha convertido en víctima de su propio éxito. Después de derrotar los microbios y prolongar la vida, enfrenta ahora un nuevo desafío: el envejecimiento. Por primera vez en la historia, la fragilidad, la pérdida de autonomía y las enfermedades crónicas de la vejez son experiencias que vivirá la mayoría de las personas. Vivimos en la era del envejecimiento.