Eugenio colecciona botellas obsesivamente. Cuando busca una en casa de Rufo el Sordo, sus gritos son malinterpretados como acto mágico y el sordo recupera la audición. El pueblo lo proclama genio salido de una botella.
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Eugenio colecciona botellas obsesivamente. Cuando busca una en casa de Rufo el Sordo, sus gritos son malinterpretados como acto mágico y el sordo recupera la audición. El pueblo lo proclama genio salido de una botella. Sin poder soportar la presión, Eugenio huye una noche en el camión de Jacinto, un camionero rumbo al norte.
En el garaje de su casa, Eugenio contempla sus botellas coleccionadas durante años y elige diez para llevarse: la transparente de su padre, la decorada por su madre, las que lo relajaban, las inseparables de sus abuelos, la pintada por su única amiga Claudia Chufa. Cada una tiene una historia, una razón para partir con él.
La obsesión de Eugenio por coleccionar botellas es enfermiza. Desde la infancia busca obsesivamente cada ejemplar que le falta, sin nunca robar ni comprar: solo intercambia o pide. Su única amiga es Claudia Chufa, que lo quiere a pesar de sus excentricidades. Ambos son hijos únicos cuyos padres apenas reparan en ellos.
Claudia le avisa que ha localizado una botella preciosa en casa de Rufo el Sordo, un viudo comerciante. Eugenio acude ansioso, pero como Rufo es completamente sordo, debe gritar para hacerse oír. En su confusión, Rufo interpreta los gritos como una fórmula mágica y de pronto recupera la audición. Convencido de que ha sido obra de un genio salido de una botella, Rufo corre proclamando su sanación por todo el pueblo.
La noticia se propaga como bola de nieve. Los periódicos nacionales la recogen. El pueblo de Lamota—rodeado de campos de cereales, con sus ruinas de castillo medieval y diez mil habitantes—entera se lanza tras Eugenio. Lo rodean en las calles, le escriben cartas, hacen regalos, lo llaman por teléfono. Hasta sus padres le suplican que conceda deseos.
Eugenio no lo soporta. Una noche, con su mochila y sus diez botellas, abandona Lamota. Levanta el pulgar en la carretera y un camión frena para recogerlo. El conductor es Jacinto, conocido como la Ballena, un hombre gordo que fuma un puro después de cada comida y pasó años viajando. Sin preguntar, Jacinto le ofrece su compañía.
En un bar de carretera, Eugenio confiesa: no se llama Jonás sino Eugenio, y le cuenta la absurda historia de Rufo el Sordo. Jacinto lo escucha de verdad, lo trata como a un igual. Cuando Jacinto va a pagar, el camarero cae desmayado, como si la presencia de Eugenio siguiera atrayendo lo extraordinario.
Al amanecer llegan a Lamarca, en el norte que Eugenio siempre soñó conocer. Ve el mar, montañas verdes, cielo de nubarrones. Es como un sueño. Jacinto promete mostrarle la ciudad. En ese momento, Eugenio comprende que su huida es su primer viaje real.
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