En Quebec, 1837, el Gobernador británico se reúne con sus oficiales para evaluar los síntomas de insurrección que recorren el Canadá francés. Los franco-canadienses luchan por mantener viva su lengua, sus leyes y su identidad frente a los…
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En Quebec, 1837, el Gobernador británico se reúne con sus oficiales para evaluar los síntomas de insurrección que recorren el Canadá francés. Los franco-canadienses luchan por mantener viva su lengua, sus leyes y su identidad frente a los esfuerzos de Londres por anglizar la colonia. Desde los primeros exploradores franceses del siglo XVI hasta este crítico año, la novela despliega dos centurias de conflicto entre el espíritu de un pueblo colonizado y la determinación de la corona británica por consolidar su dominio en América del Norte.
A mediados del siglo XVI, navegantes franceses remontaron el río San Lorenzo y tomaron posesión de vastos territorios americanos que bautizaron Nueva Francia. Durante dos siglos, franceses e ingleses disputaron cada palmo de este territorio. Pequeñas comunidades francesas florecieron alrededor de Quebec, fundada por Champlain en 1606, que se convirtió en el corazón de la presencia gala en el continente.
Sin embargo, la historia fue inexorable. Tras la derrota francesa en 1759 y la caída de Montreal, el Tratado de París de 1763 selló el destino: Francia renunció a todas sus pretensiones sobre el Canadá. Nueva Francia dejó de existir como entidad política, pero sus hijos se negaron a abandonar sus raíces. La mayoría franco-canadiense guardaba celosamente su idioma, sus leyes de derecho civil francés y su fe católica.
La novela sitúa su acción en 1837, año de máxima tensión política. En Quebec, la ciudad que Champlain levantara sobre un promontorio que semeja a Gibraltar, el Gobernador británico lord Gosford se reúne con sus oficiales militares en el jardín de la residencia oficial. Mientras contempla la ciudad desde la altura, iluminada por la luna, ve el monumento triangular que recuerda a dos héroes caídos: Wolfe y Montcalm, muertos el mismo día en batalla, símbolos del eterno antagonismo entre naciones.
Los síntomas de alzamiento se hacen palpables. Los diputados franco-canadienses encabezados por Papineau demandan la acusación del gobernador. Asociaciones políticas se forman en Montreal y Quebec. Las calles estrechas de madera hierven de energía revolucionaria. El Gobernador dispone apenas de algunos batallones para contener cualquier explosión en los condados fronterizos.
La novela entrelaza la reconstrucción histórica minuciosa de dos siglos con la atmósfera palpitante del presente. El lector se sumerge en relatos de Champlain y Montcalm, de tratados y batallas, de la transformación gradual de Nueva Francia en colonia británica. Presencia los preparativos de una crisis inminente, donde cada decisión en los círculos del poder puede provocar la chispa de la rebelión.
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