Tyler se hunde bajo el agua de la bañera, contando los segundos como si buscara en la asfixia un respiro. Sobre el papel lo tiene todo: novia hermosa, invitaciones, admiración.
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Tyler se hunde bajo el agua de la bañera, contando los segundos como si buscara en la asfixia un respiro. Sobre el papel lo tiene todo: novia hermosa, invitaciones, admiración. Pero cada moratón, cada herida que se cubre bajo la ropa, cuenta otra historia. Una que lo desgarra por dentro, que mantiene a salvo en silencio. Hasta que Eden aparece y puede ver lo que nadie más osa mirar.
En la penumbra de la bañera, Tyler ejecuta un ritual silencioso: hunde la cabeza bajo el agua y cuenta los segundos, buscando en la asfixia un instante de tregua. Su cuerpo guarda un mapa de heridas que nadie debe ver: moratones que acumula con regularidad predecible, cortes que aparecen noches tras noche, una muñeca que tardó semanas en dejar de llevar escayola. Él tiene dieciocho años. Su vida visible es de película: novia hermosa, coches, invitaciones, chicos que lo envidian. La brecha entre esa imagen y la verdad es abismal.
Durante años ha perfeccionado la máscara. Ha aprendido a ocultarse bajo camisetas, a mantener la compostura en clase, a dormir poco porque el descanso es un lujo que no siempre le corresponde. Su padre entra en la habitación por las noches, se disculpa sussurrando, pero mañana volverá a suceder. Él lo sabe. Siempre vuelve a suceder.
Ahora, en una casa donde la música golpea fuerte y las botellas se acumulan, Tyler intenta vivir como si todo estuviera bien. Su novia Tiffani lo rodea, sus amigos lo celebran, y él sonríe porque es lo que se espera. Pero la grieta en su interior se ensancha. No sabe cuánto tiempo más puede sostener esto.
Entonces llega Eden. Ella es diferente, ve de otra manera. No se detiene en la fachada, no acepta las respuestas fáciles. Ve lo que nadie más se atreve a mirar. Y Tyler descubre que, tal vez, guardarse todo dentro es más peligroso que dejar que alguien lo vea realmente.