Una piedra golpea a Rosaura Castán el día de su primer permiso carcelario. Ha cumplido cuarenta y dos años y pasado los últimos dos encarcelada, culpada por la muerte de su hijo Adrián, asesinado a los veinte años.
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Una piedra golpea a Rosaura Castán el día de su primer permiso carcelario. Ha cumplido cuarenta y dos años y pasado los últimos dos encarcelada, culpada por la muerte de su hijo Adrián, asesinado a los veinte años. Pero esta agresión es apenas el reflejo de una vida marcada por la fatalidad. Desde que perdió a su madre a los quince años en un accidente doméstico, la desgracia persigue a Rosaura sin tregua. Ahora, en el mundo exterior, descubre que la condena por la muerte de su hijo es tanto legal como social, un peso que la seguirá para siempre.
En un parque de Madrid, un joven es asesinado de una puñalada en el corazón. No ve venir el cuchillo, apenas siente el impacto, y todo se vuelve oscuridad. Minutos antes caminaba hacia un encuentro secreto, hacia lo que sería el primer día de una nueva vida. Ese joven es Adrián, y con su muerte comienza el hundimiento definitivo de su madre, Rosaura Castán.
Pero la historia de Rosaura no comienza con la muerte de su hijo, sino mucho antes. En Barbastro, un pueblo de la ribera oscense donde la fatalidad parece habitar de manera permanente, Rosaura es apenas una adolescente cuando su vida se quiebra. A los quince años, su madre Gema —una mujer delicada, madrileña, dueña de una floristería en la plaza del Mercado— muere en un accidente absurdo. Un perro de raza grande salta de alegría cuando ella regresa a casa, la derriba, y se quiebra contra los escalones de piedra del caserón familiar. Con esa muerte, la familia entera es expulsada de cualquier paraíso posible.
Rosaura crece habitada por la culpa y la invisibilidad. Su hermana Beatriz es bella, radiante; ella es la oscura, la que no encaja, la que se siente responsable de aquella muerte que no causó. Cuando termina el instituto, huye de Barbastro hacia Madrid para estudiar Enfermería, con especialización en cuidados paliativos. Quiere estar cerca de la muerte, participar en las despedidas ajenas, buscando perdón en cada último aliento de los que cuida. A los diecinueve años se queda embarazada de un estudiante que la abandona sin dudar, y ella lo celebra: nace Adrián, su única razón de vivir.
El hijo de Rosaura es excepcional: brillante en matemáticas, ganador de olimpiadas, un joven que ama los números con pasión, que ve en ellos la estructura del mundo. Es bueno, generoso, incapaz de causar daño. Da clases particulares a estudiantes que otros consideraban perdidos, les enseña a entender lo que sus maestros no lograba transmitir. Su presencia en la vida de Rosaura suaviza el dolor histórico, la redime, le da un propósito. Pero cuando Adrián cumple veinte años, la fatalidad vuelve a golpear. Es asesinado en un acto de violencia aleatorio, en un parque, sin sentido. Y Rosaura es acusada de su muerte.
Tras cumplir dos años de cárcel, Rosaura obtiene un permiso temporal. Cuando abandona el penitenciario, el mundo exterior la recibe con una piedra que golpea su frente. Es apenas un símbolo de lo que la espera: una condena que es tanto legal como social, una culpa que la persigue incluso tras las rejas, la certeza de que la desgracia es su marca, su destino inevitable.