Un hombre entra a las oficinas de una revista madrileña y descubre que lo esperaba un policía. Así comienza esta novela que sigue a Julio Gálvez a través de una mañana caótica: una citación judicial por un artículo incómodo, encuentros…
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Un hombre entra a las oficinas de una revista madrileña y descubre que lo esperaba un policía. Así comienza esta novela que sigue a Julio Gálvez a través de una mañana caótica: una citación judicial por un artículo incómodo, encuentros absurdos en comisaría, y una oferta de trabajo inesperada de un ejecutivo sueco en una multinacional de rodamientos. Una narración donde los personajes vascos, madrileños y burócratas chocan en situaciones de humor cotidiano, ironía fina y desorden administrativo típicamente español.
En las oficinas de una revista madrileña, Julio Gálvez entra sin saber que lo esperaba un policía. La escena que se desarrolla tiene la lógica particular de la Madrid de 1979: el agente ha estado persiguiendo al reportero durante un mes para que se presente voluntariamente en la comisaría. Óscar, el director de la publicación, se suma a la comitiva sin dudarlo, convertido en acompañante del cautivo. El viaje en coche es incómodo, tenso, lleno de explicaciones que nadie pide.
En la comisaría, mientras esperan en un banco de listones que duele en proporción al tiempo invertido, Julio es abordado por una gitana que le ofrece leer la buenaventura. La escena se convierte en un caos progresivo: la adivina advina lo obvio, Óscar desconfía airadamente, el niño berrea, la madre interviene. Cuando un policía expulsa a las gitanas, Óscar descubre que le han robado el reloj. Todo parece diseñado para irritar, confundir, distraer.
El motivo de la citación es un artículo publicado en la revista. Julio escribió sobre la venta ilegal de pupitres a colegios nacionales, un trabajo que enfureció a las autoridades. En los juzgados, el secretario del juez es un burocrata pomposo que juega con papeles y gruñidos, que tortura con su silencio condescendiente. Cuando finalmente habla, lo hace con la lentitud de quien sabe que posee poder. Óscar, incapaz de contenerse, lo corrige en cuestiones de gramática. La confrontación es absurda, inútil, perfectamente madrileña.
Tras la declaración, el coche de Óscar ha desaparecido —la grúa se lo llevó por aparcar en zona prohibida—. El taxi deja a Julio en su trabajo, una empresa sueca de rodamientos donde gana cincuenta mil pesetas mensuales por labores que desconoce. En la oficina lo espera una novedad: un ejecutivo sueco ha llegado desde Estocolmo para ofrecerle un trabajo especial. El hombre habla castellano correcto y observa a Julio como quien compra caballos para el matadero. Algo grande, desconocido, está a punto de suceder.
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