En una noche de septiembre de 1810, en la aldea remota de San Roque junto al río Alvarado, un joven llamado Gil Gómez se acerca furtivamente a la casa del médico.
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En una noche de septiembre de 1810, en la aldea remota de San Roque junto al río Alvarado, un joven llamado Gil Gómez se acerca furtivamente a la casa del médico. Escondido entre los árboles oscuros, observa a través de las ventanas el estudio del doctor y el dormitorio de Clemencia, su hija, quien entona en inglés una balada de despedida. Aquella voz pura que atraviesa la noche tropical lo deja extasiado, despertando sentimientos que presagia catástrofes.
En los años que preceden a la independencia mexicana, la pequeña aldea de San Roque yace casi olvidada en las llanuras de Veracruz, entre Jamapa y Tlalicoyan. Sus seiscientos habitantes viven apartados del comercio y la política, ocupados en sus labores: labradores indígenas, antiguos funcionarios retirados, familias de la aristocracia decadente. La vida transcurre lenta, monótona, al ritmo de las estaciones tropicales.
Una tarde de principios de septiembre de 1810, a la hora del crepúsculo, la aldea se llena de armonías. Una música lejana resuena confundida con los cantos de los labradores que regresan del trabajo. Es Gil Gómez, un joven singular: extraordinariamente alto y flaco, con facciones pronunciadas, ojos saltones, nariz y orejas prominentes. Su cabeza sobre un cuello alargado como el de una cigüeña está coronada por una frente hermosa que promete un intelecto vivaz. Viste con mezcla de aldeanía y urbanidad, sus gestos revelan franqueza y travesura, transmitiendo nobleza de alma.
Aquella noche, Gil Gómez camina con precaución hacia la casa del médico. Cuando la luna desaparece, como si favoreciera sus intentos, se desliza sin hacer ruido hasta el bosquecillo que rodea la vivienda. A través de la ventana del lado derecho, observa el estudio donde un anciano médico lee bajo la luz de una lámpara. Su frente surcada por las huellas del estudio, sus cabellos arrancados por las vigilias, revelan a un hombre dedicado a la ciencia. El gabinete está atestado de libros, pájaros disecados, instrumentos de química, retortas y frascos. Dos esqueletos contemplan la escena con la sonrisa sarcástica de las calaveras.
Se desliza luego hacia la otra ventana, donde encuentra lo que verdaderamente buscaba: a Clemencia tocando el piano. La música que emana no es la de una aldeana, sino la de alguien educado en el refinamiento de las grandes ciudades. Una balada inglesa melancólica preludia la escena. Luego, una voz argentina, pura y vibradora, se mezcla con el piano. Clemencia canta en inglés, dirigiéndose al amado que parte a tierras lejanas.
Clemencia tiene diecisiete años. Es blanca como inglesa, pálida como estatua de mármol, con frente despejada y ojos de azul oscuro que lanzan una mirada prolongada, adormecida, silenciosa. Nariz recta y fina, boca pequeña formada solo para exhalar plegarias o palabras de amor. Sus cabellos castaño oscuro se anudan en un peinado inglés sencillo. Su estatura es altiva y sencilla a la vez, aristocrática como las mujeres más hermosas de la Biblia. Es huérfana, criada en la aldea lejos del bullicio del mundo, educada por su padre médico dedicado a las ciencias naturales y al cuidado de los enfermos pobres.
Aquella voz melancólica en idioma extranjero, aquella joven hermosa e inocente, hija de un médico inglés retirado en una aldea ignorada del Nuevo Mundo, todo produce en Gil Gómez una emoción profunda. Extasiado, el joven parece querer aspirar los perfumes de la noche, absorber las melodías que flotan en la brisa tropical. Y en ese momento de arrebato, una premonición lo atraviesa: la certeza de que aquel encuentro solo puede conducir a la desgracia.
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