Un investigador de anomalías históricas examina tanto los métodos académicos tradicionales como técnicas heterodoxas —radiestesia, psicometría, hipnosis regresiva— para acceder a civilizaciones perdidas.
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Un investigador de anomalías históricas examina tanto los métodos académicos tradicionales como técnicas heterodoxas —radiestesia, psicometría, hipnosis regresiva— para acceder a civilizaciones perdidas. Tras treinta años viajando por yacimientos arqueológicos mundiales, el autor cuestiona los dogmas establecidos y propone que en los intersticios del saber oficial habita el verdadero misterio del pasado humano.
El libro comienza con una antigua parábola: un rey solicita a sus sabios que escriban la Historia de la Humanidad. Tras años de esfuerzo, generaciones de compendios se reducen a una única verdad: el hombre nace, sufre y muere. Así, toda civilización surge, se desarrolla, construye, pelea, entra en crisis y desaparece. Desde esa reflexión, el autor construye una propuesta heterodoxa sobre arqueología que desafía el consenso académico. Aunque no es arqueólogo ni historiador, ha pasado treinta años recorriendo yacimientos en Egipto, Túnez, Gran Bretaña, Malta, Italia, Grecia, Brasil, México y más de veinte países más en busca de lo que denomina anomalías históricas: aquellos datos, hallazgos y evidencias que no encajan en la narrativa oficial. El trabajo se articula alrededor de una tensión fecunda: la tecnología más puntera —como el escaneo LIDAR que penetra la vegetación tropical para revelar ciudades perdidas— convive con métodos que la ciencia académica rechaza: la radiestesia, la psicometría, la hipnosis regresiva y las experiencias de visión remota. El autor recopila testimonios de investigadores que emplearon péndulos, varillas de metal y consultas psíquicas para localizar templos, monasterios y asentamientos, documentando éxitos verificables. La arqueología, según este libro, es ante todo un rompecabezas en el que solo poseemos el cinco por ciento de los textos escritos. Con esa mínima documentación debe resolverse el noventa y cinco por ciento restante. En esos amplios vacíos del conocimiento, sostiene el autor, anida la verdad que los dogmas académicos silencian. No se trata de negar la ciencia, sino de reconocer que los grandes descubrimientos frecuentemente han llegado por vías que la razón pura no explica.
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