Changoh despierta en el pupitre de la central de control de Stentilvaan. Una extraña lejanía lo invade: todo es monótono, frío, perfectamente funcional pero irreal.
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Changoh despierta en el pupitre de la central de control de Stentilvaan. Una extraña lejanía lo invade: todo es monótono, frío, perfectamente funcional pero irreal. En esa metrópoli futura, máquinas e inspectores gobiernan la vida eterna que la ciencia conquistó siglos atrás. Tras un incidente en el que detiene el sistema central, Changoh comprende que no pertenece a ese orden calculado. Abandona la metrópoli y se adentra en la zona oculta, el territorio prohibido más allá del límite, donde supuestamente la muerte reina y nada existe.
En la central de control de Stentilvaan, un vasto complejo de máquinas y pantallas, Changoh despierta con la cabeza sobre el pupitre. Una sensación indefinible de lejanía lo envuelve: el mundo que lo rodea es monótono y vulgar, a pesar de ser perfectamente funcional. Pantallas que nunca descansan emiten recordatorios, órdenes que se repiten sin fin. Servidores inmóviles aguardan las órdenes. Todo funciona con precisión mecánica, como si la muerte hubiera sido eliminada hace siglos cuando la ciencia conquistó la vida eterna.
Changoh intenta comunicarse con Gora, alguien que una vez partió de esa metrópoli. No hay respuesta. Las máquinas no entienden. En un momento de desesperación, pulsa el botón de paro total: detiene el corazón de Stentilvaan. Un inspector aparece y lo confronta. Changoh le dice que todo está muerto, que la perfección se ha convertido en una existencia sin propósito. El inspector, sin emoción, lo destierra.
Luego, en una casa antigua, Changoh se reencuentra con Horak, un robot que él mismo construyó. Le ofrece libertad, aunque sabe que no puede comprenderla. Las máquinas están limitadas, confinadas a sus programaciones. Changoh es un animal parlante, un ser que aún posee libre albedrío. El inspector intenta matarlo con rayos de energía, pero Changoh está blindado contra toda arma.
Changoh cruza entonces el monolito que marca el umbral de la metrópoli. Donde la inscripción advierte “más allá está la muerte”, él avanza. Se adentra en oscuridad absoluta, temperaturas de cientos de grados bajo cero, un territorio desconocido donde nadie sabe qué existe. Se equipa con una escafandra portátil, se protege contra radiaciones. Su cuerpo brilla levemente en la tiniebla mientras camina hacia lo ignoto, en búsqueda de algo auténtico que la metrópoli perdió.
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