A las cuatro de la madrugada, un farmacéutico recorre su mostrador limpiando grifos de bebidas en un drugstore ruinario, atrapado en la monótona catalogación de sus clientes.
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A las cuatro de la madrugada, un farmacéutico recorre su mostrador limpiando grifos de bebidas en un drugstore ruinario, atrapado en la monótona catalogación de sus clientes. Llega un hombre desesperado buscando acónito y otros compuestos venenosos, portando un libro negro de tapas metálicas. Tres días después reaparece transformado: rico, seguro, convertido en director adjunto de una gran empresa. En una cantina, el farmacéutico nota algo perturbador: la sombra del hombre permanece inmóvil en la pared mientras él se mueve. Un detalle que sugiere un precio pagado que va más allá de lo visible.
Un farmacéutico pasa sus noches limpiando grifos de bebidas en un drugstore de barrio. Ha aprendido a catalogar a sus clientes con precisión deshumanizante: las Cocas, adolescentes ruidosas; los ración doble, hombres con brazos peludos; los decididos que compran golosinas; la turba interminable que entra y sale. Ha estudiado farmacia, pero su talento se reduce a verter chocolate derretido sobre helados. Desperdicia su ciencia en una rutina que le ha generado varices y una profunda fatiga.
Un día entra un hombre diferente. Bajito, magro, con la humildad envuelta en harapos, busca acónito, belladona y otros venenos. Lleva un libro negro con refuerzos de metal oxidado, escrito en caracteres góticos antiguos. El farmacéutico entiende al instante: son ingredientes para algo oscuro. El hombre no puede pagar, pero promete devolver el dinero en tres días. Hay algo en sus ojos desesperados que paraliza al farmacéutico, quien cede.
Tres días después, el hombre regresa transformado. Lleva traje de lujo, habla con autoridad renovada, ha sido contratado como director adjunto de investigaciones en la mayor empresa química del país. El farmacéutico le invita a beber en una cantina. Mientras hablan, el farmacéutico nota algo que hiela su sangre: la sombra del hombre, proyectada en la pared, permanece de pie mientras su cuerpo está sentado. La sombra no se mueve con él, no obedece las leyes físicas. Cuando el farmacéutico menciona esto, el hombre reacciona con furia y desaparece en la noche, su sombra siguiéndolo.
Dos días después vuelve para disculparse. Su explicación es plausible: química, experimentos legítimos. Pero la semilla de la sospecha ha germinado. Aquello que ingresó en el farmacéutico es la certeza de que algo irrevocable ocurrió en esas tres noches de ritualismo oscuro, y de que el precio no fue solo dinero.
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