Sentarse a entrenar con la esperanza de una transformación. Ver cómo los kilos bajan, cómo el cuerpo se afila, cómo la satisfacción crece en el espejo.
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Sentarse a entrenar con la esperanza de una transformación. Ver cómo los kilos bajan, cómo el cuerpo se afila, cómo la satisfacción crece en el espejo. Un músico de rap cuenta cómo ese cambio inicial, aparentemente positivo, se convirtió en una obsesión que consumió cada aspecto de su vida. Su batalla contra la anorexia, enfermedad poco reconocida en hombres, es un testimonio de vulnerabilidad, depresión y el arduo camino hacia la curación.
Este es un libro de testimonios, memorias, confesión. Un músico integrante de Los Chikos del Maíz abre su vida para contar cómo pasó de un sobrepeso que lo incomodaba a una delgadez compulsiva que lo destruyó.
Todo comienza inocentemente: dejar de beber cerveza, comenzar a entrenar en un gimnasio con TRX, sentir el primer cambio en el cuerpo. Pero en algún punto, el control que ejercía sobre el ejercicio y la alimentación se transformó en enfermedad. La anorexia llegó silenciosa, sin que ni el autor ni su entorno pudieran nombrarla con claridad. Porque la anorexia, en el imaginario colectivo, es cosa de mujeres. Es la modelo delgada, la actriz de revista, la obsesión femenina con alcanzar una talla imposible. Los hombres no padecen anorexia, se suponía. Por eso tardó tanto en reconocerla.
El autor relata cómo el ejercicio que lo hacía feliz se convirtió en suplicio, cómo sus piernas dejaron de responder, cómo su mente comenzó a calcular cada caloría con precisión quirúrgica. Un vaso de cerveza se transformaba en un número, en culpa, en compensación necesaria. Las comidas que disfrutaba —arroz, pasta— pasaron a ser lujos prohibidos, caprichos que generaban angustia. Incluso un momento de alegría compartida dejaba un rastro de arrepentimiento. Cada decisión estaba prisionera de reglas autocreadas; cada bocado, prisionero del cálculo.
La enfermedad avanzó en silencio mientras quienes lo rodeaban expresaban preocupación sin encontrar las palabras justas. Su compañera, sus amigos, su psicóloga: todos veían el deterioro. Pero la satisfacción de ver la báscula bajar, de verse más flaco, de convertirse en ese Toni que nunca había conocido, era mayor que la razón.
Este no es un manual de recuperación ni una guía de autoayuda. Es la crónica honesta de una caída, el mapa de cómo una persona inteligente, sensible y políticamente consciente puede quedar atrapada en un círculo de automutilación silenciosa. Escrito desde la otra orilla, es también un testimonio de que hay salida, de que la curación existe, de que se puede vivir sin miedo a esa piedra en el camino.
María Rozalén, en el prólogo, reconoce la valentía de este gesto: que un hombre, rapero, alguien construido sobre dureza, se atreva a mostrar su fragilidad ante una enfermedad que la sociedad sigue considerando ajena al género masculino. Un acto que busca, en silencio, que alguien lea estas páginas y pueda decir: yo también.
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