Una novela de oeste que comienza en una prisión cuando se abren las celdas y un hombre silencioso, conocido solo como el Solitario, contempla a sus compañeros de cautiverio.
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Una novela de oeste que comienza en una prisión cuando se abren las celdas y un hombre silencioso, conocido solo como el Solitario, contempla a sus compañeros de cautiverio. Durante tres años, Perry Gordon ha guardado silencio absoluto, acusado injustamente de robo de ganado, resignado a cumplir su condena. La llegada de un criminal célebre interrumpe su quietud y precipita los eventos que finalmente conducen a su liberación, momento en el cual debe enfrentar el mundo exterior cargando con una sentencia que nunca mereció.
Las puertas de las celdas se abren lentamente en una prisión del oeste. Ochenta hombres condenados a penas que oscilan entre cinco y veinte años forman en el patio, cada uno con su propio peso de culpa o injusticia. Entre ellos, uno se destaca por su absoluta soledad: Perry Gordon, apodado el Solitario, que permanece sentado en un rincón, guardando silencio total. No habla con nadie, no protesta por la comida, no participa en los murmullos que circulan entre los prisioneros. Su disciplina es impecable, su mutismo casi provocador.
Los guardianes lo observan con perplejidad. Algunos piensan que podría ser mudo, aunque eventualmente descubren que no lo es. Su silencio es una elección, un acto de resistencia o tal vez de reconciliación consigo mismo. Mientras otros prisioneros ríen, protestan y confraternizar, Gordon trabaja en la huerta del penal, cumple sus tareas sin demora, y espera.
Todo cambia cuando llega Joe Fulness, un criminal famoso que fue capturado tras una serie de enfrentamientos que lo hicieron célebre en varias ciudades del oeste. Fulness se presenta con la desenvoltura de quien ha vivido siempre al borde de la ley, y busca con curiosidad al hombre del que ha oído hablar: el prisionero que no habla. Cuando finalmente lo interpela, Gordon rompe su silencio brevemente para responder, lo que causa asombro entre los demás reclusos y los guardianes.
Pocos días después, Fulness logra escapar. Mata a un guardián y se lleva otro como rehén, mientras aguardan jinetes fuera de los muros que facilitan su huida. Perry Gordon es interrogado, pero su explicación es clara y verificada en su expediente: su conducta ha sido impecable, no tiene relación alguna con la fuga.
Finalmente, llega el momento de su liberación. El alcaide le comunica que ha cumplido su condena de tres años, aunque reconoce que su comportamiento ejemplar habría merecido una reducción de pena que nunca se materializó. En esa conversación, Gordon revela la verdad: fue acusado injustamente de robo de ganado, condenado por un juez que sabía que se trataba de una acusación fabricada por hombres que buscaban el dinero que él había depositado en un banco. Los verdaderos culpables fueron ahorcados, pero a Gordon le tocó la sentencia simplemente por estar en el lugar equivocado.
Al salir de la prisión, Gordon camina hacia la libertad sin saber bien qué hacer de ella. Ha pensado en venganza durante mil días y noches, pero descubre que ese sentimiento ya no lo habita. Su compañero de celda le deja dinero y una carta con encomiendas que cumplir en Santone, una ciudad que promete ser el punto de partida de una nueva vida. Adquiere un caballo, se afeita la barba que ha llevado durante años, y se prepara para un viaje cuyo destino desconoce aún, pero que representa su única oportunidad de redención.
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