El juez pronuncia la condena mientras Berutti, atónito, pide que se repita la sentencia. Así comienza esta investigación sobre la prostitución infantil en Camboya, donde un periodista desciende a las entrañas de un problema que conecta la…
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El juez pronuncia la condena mientras Berutti, atónito, pide que se repita la sentencia. Así comienza esta investigación sobre la prostitución infantil en Camboya, donde un periodista desciende a las entrañas de un problema que conecta la pobreza extrema con la demanda de turismo sexual occidental. A través de testimonios de niños como Dum y Tong, el relato expone no solo los abusos, sino la responsabilidad histórica de Occidente en la vulnerabilidad de miles de menores.
En las jornadas finales de un juicio en Phnom Penh, un juez pronuncia una sentencia que nadie espera: diez años de cárcel para Alain Filippo Berutti, un electricista italiano acusado de abusar de menores camboyanos. Su abogado le había asegurado que eso jamás ocurría; Berutti, atónito, pide que se repita. Esta escena marca el punto de convergencia de una investigación sobre cómo operan las estructuras de explotación sexual infantil en Camboya.
El relato se remonta a 2002, cuando un periodista regresa a Camboya tras años de trabajo en Calcuta. Junto a colaboradores locales, busca abrir un hogar para niños rescatados de las calles. Lo que comienza como una iniciativa de protección se transforma en inmersión en un mundo de corrupción, tráfico y abuso. Durante semanas, el autor documenta los mecanismos mediante los cuales extranjeros llegan hasta menores empobrecidos, cómo operan la complicidad de autoridades locales, y qué vulnerabilidades estructurales permiten que miles de niños terminen en situaciones de explotación.
Dum y Tong, dos niños del hogar, se convierten en testigos en el juicio contra Berutti. Ambos provienen de familias sin recursos, ambos fueron abusados durante años, ambos cargan traumas profundos mientras intentan recuperarse. El libro retrata no solo los crímenes puntuales, sino las condiciones de pobreza extrema, falta de educación y abandono estatal que crean el caldo de cultivo para el abuso.