William Gay se cortaba el pelo a sí mismo, cultivaba tomates en su huerta y escribía a lápiz en blocs amarillos. Este prólogo de Tom Franklin retrata al escritor de Tennessee a través de anécdotas íntimas: sus años vividos en pobreza…
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William Gay se cortaba el pelo a sí mismo, cultivaba tomates en su huerta y escribía a lápiz en blocs amarillos. Este prólogo de Tom Franklin retrata al escritor de Tennessee a través de anécdotas íntimas: sus años vividos en pobreza absoluta machacando cáscaras de nuez para hacer tinta, su amistad con Cormac McCarthy forjada en una llamada telefónica impulsiva, sus noches hablando con Franklin desde el porche mientras sus hijos pescaban pececillos en el arroyo. Gay era un hombre de rituales simples, adorado por las mujeres pero incómodo con la fama, cuya dedicación a la precisión de las palabras no conocía compromisos.
William Gay se cortaba el pelo a sí mismo en su casa de Tennessee. Si el clima lo permitía, se bañaba en el arroyo que corría detrás de su hogar. Iba al bosque a buscar raíces de ginseng, atendía una huerta con tomates y calabazas, fumaba Marlboros sin cesar. En sus últimos años dejó de conducir y se dedicó completamente a escribir a lápiz en blocs de hojas amarillas que apilaba sobre su mesa.
Tom Franklin conoció a Gay en 1999 en la Convención de Escritores de Sewanee. Lo describe como un hombre reservado, siempre al margen de las multitudes, fumando y bebiendo cerveza. Pronto descubrió que Gay mantenía una amistad con Cormac McCarthy. En los años setenta, Gay había encontrado una novela de McCarthy en un expositor de libros de un supermercado. Movido por saber que el autor vivía en Tennessee, lo llamó por teléfono. McCarthy contestó. La conversación fue incómoda al principio, pero cuando Gay mencionó a Flannery O’Connor, algo cambió.
McCarthy le envió el manuscrito de «Suttree» manchado de café antes de su publicación. Gay lo leyó, se lo leyó a su hermano, lo releyó, y se lo devolvió. Todo en un tiempo anterior a las fotocopias. Aquella era una de las dos únicas copias existentes. McCarthy comenzó a corregir los relatos de Gay, enseñándole que la precisión lo es todo, que las repeticiones deben tener intención o son negligencia.
Cuando Franklin estaba escribiendo su primera novela y estaba desesperado, le confió su miedo a Gay. Gay le contó una historia sobre un hombre que robó un jamón en Navidad para alimentar a su familia. Esa anécdota simple liberó algo en Franklin. Esa noche escribió seis páginas que se convirtieron en el corazón de su novela.
Las anécdotas sobre Gay son legendarias. Cómo de niño, viviendo en pobreza, machacaba cáscaras de nuez en agua para hacer tinta. Cómo su primer envío fue rechazado con la nota: «No aceptamos originales escritos a mano». Cómo Stephen King eligió «El empapelador» como uno de los mejores libros de 2007 y lo llamó para felicitarlo. Gay estaba en la huerta. No contestó.
Franklin desmiente el mito: Gay no era un borracho. Bebía en conferencias, pero solo porque le parecía deplorable hablar de trivialidades. En casa apenas bebía. Su distancia ante la fama no era arrogancia, sino genuina incomodidad ante la atención.
Este prólogo es un testimonio de la amistad entre dos escritores y de cómo un hombre que vivía aislado en Tennessee, rechazando la tecnología y los convencionalismos, produjo obras que tocaban el alma. Un fuego encendido celebra a William Gay: su vida austera, su dedicación a la verdad de las palabras, su influencia en la literatura contemporánea.