Hara Lim regresa a Corea del Sur tras crecer en Nueva Zelanda, cargando consigo la fragilidad de sus enfermedades. Diabética y anémica, su primer día de clases coincide con San Valentín, cuando se reencuentra con Jae Kim, un compañero del…
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Hara Lim regresa a Corea del Sur tras crecer en Nueva Zelanda, cargando consigo la fragilidad de sus enfermedades. Diabética y anémica, su primer día de clases coincide con San Valentín, cuando se reencuentra con Jae Kim, un compañero del pasado. Entre la adaptación a un nuevo sistema educativo y sus propios límites, descubre que debe confiar en sí misma para poder acompañar a otros en sus batallas.
Hara Lim despierta en la penumbra de su habitación coreana. Su padre sostiene la jeringa de insulina con el cuidado de quien conoce cada gesto de una rutina que marca sus días. Ella alza su camisa, expone la piel pálida con sus marcas rojizas, y respira. Es San Valentín y es su primer día en esta escuela, en este país que es suyo aunque no lo sienta así.
Creció en Nueva Zelanda hablando inglés, ajena a los códigos de Corea del Sur. Ahora regresa portando una identidad que no termina de reconocer. Además de la diabetes, que requiere medicinas constantes y vigilancia de cada comida, hace poco le diagnosticaron anemia. Su cuerpo parece una estructura frágil que debe sostenerse con cuidados precisos.
En el salón de clases la presentan como “la chica de Nueva Zelanda”. Los compañeros duermen sobre sus pupitres. Ella habla en coreano perfecto. Es entonces cuando descubre que existe otra Hara en esta clase. Y descubre a Jae Kim, a quien conoció en un club cultural de intercambistas durante su estadía en el extranjero. Jae la reconoce. Al menos uno recuerda. Al menos no está completamente sola.
Lo que comienza como un reencuentro se complica rápidamente. Harry Park y su hermana no tardan en burlarse de Jae, en atacarlo por su apariencia. Hara interviene sin pensarlo. No puede soportar que alguien sea herido por algo tan superficial. Jae esquiva con una sonrisa cansada, como quien lleva años acostumbrado a los golpes.
Esa misma tarde, cuando regresa a casa, el cuerpo de Hara cede. Se desmorona en la puerta, incapaz de subir las escaleras. La cabeza le pulsa, la presión sube sin aviso, ve colores que no existen. Sus padres la cargan como pueden. Su madre busca el glucómetro. Hara llora de frustración, no por el dolor sino por la certeza de que siempre será la causa de preocupación ajena. Mientras cae dormida, Hara comprende que existe algo más profundo. Un reflejo. Un espejo donde lo que ves de ti no coincide con lo que otros ven.
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