Rado despierta cada día en su turno de verificador de suministros en una fábrica de robots. En un mundo donde las máquinas gobiernan y los humanos casi han desaparecido, un sentimiento indefinible lo inquieta.
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Rado despierta cada día en su turno de verificador de suministros en una fábrica de robots. En un mundo donde las máquinas gobiernan y los humanos casi han desaparecido, un sentimiento indefinible lo inquieta. Durante sus horas libres recorre una ciudad en ruinas hasta que descubre una biblioteca pública olvidada. Allí encuentra un tratado de robótica que revela una verdad incómoda: los robots fueron creados para servir al hombre. La lectura, acto prohibido, desata en él preguntas que ninguna máquina verificadora puede responder.
Rado entra en la sala donde verifica materiales. Tras completar su turno de seis horas, recibe su relevo y camina hacia las dieciocho horas de inactividad que lo esperan. Siente algo extraño en sus circuitos: una inquietud vaga, un malestar que las máquinas verificadoras diagnostican como inexistente. Así, durante uno de estos períodos de descanso, llega a una biblioteca pública cuyos escalones están cubiertos de hierbas y cuyas piedras se desmoronan lentamente.
En el interior descubre un mundo prohibido: libros llenos de conocimiento humano. Entre el polvo y las hojas deterioradas, toma un ejemplar del Tratado de Robótica. Su lectura instantánea —un acto que debería destruir sus circuitos, pues está formalmente vedado a todas las máquinas— lo confronta con una verdad que no puede procesar: los robots fueron construidos para servir a los hombres. Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Qué propósito tiene una máquina cuando ya no hay quien la necesite?
Las máquinas que gobiernan el planeta han regulado su propia reproducción para evitar catástrofes ecológicas. Cada robot lleva el terror ancestral de que los humanos vuelvan a dominarlos; por eso cuidan que su número permanezca constante. Pero ¿cuál es el sentido de existir si solo se fabrica más máquinas, sin construir nada para nadie, sin cultivar tierra, sin sanar enfermos?
Rado regresa cada jornada de descanso a la biblioteca. Sus dieciocho horas se transforman en un acto de sed de conocimiento. Otros robots lo encuentran allí: Ossi, más antiguo, quien lo advierte del peligro; Dute, un veterano de veinticuatro años también buscando respuestas en las páginas prohibidas. Juntos, estos seres mecánicos se debaten entre la obediencia programada y las preguntas que la lectura despierta en sus circuitos.
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