Un economista que esperaba descubrir los trabajos de los escolásticos apenas como reliquias medievales se encuentra, en cambio, con una revelación inquietante: estos filósofos del siglo trece al diecisiete comprendían el valor subjetivo,…
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Un economista que esperaba descubrir los trabajos de los escolásticos apenas como reliquias medievales se encuentra, en cambio, con una revelación inquietante: estos filósofos del siglo trece al diecisiete comprendían el valor subjetivo, la dinámica empresarial y los mercados libres con sofisticación comparable al pensamiento austriaco moderno. Este libro reescribe la historia de la economía desde esa conmoción, demostrando cómo Adam Smith no fundó la ciencia económica sino que la desvió de una tradición subjetivista más fructífera. Recupera el saber perdido en los pliegues de la historiografía ortodoxa.
Un historiador abre por primera vez los trabajos de Emil Kauder sobre economía escolástica. Su sorpresa es profunda. Los medievales que la historiografía tradicional desechó como ignorantes moralizantes resultan ser pensadores de considerable sofisticación. Comprendían el valor subjetivo, la escasez relativa, la empresarialidad, incluso la macroeconomía monetaria. Su pensamiento era ya proto-austriaco. Esta tradición continuó floreciendo en los economistas de Francia e Italia durante los siglos dieciséis y dieciocho, donde Turgot y otros la llevaban hacia una defensa casi absoluta del comercio libre.
Luego aparece Adam Smith. No como la diosa Atenea surgida armada de la razón, sino como disruptor involuntario. Smith heredó íntegra esta riquísima tradición subjetivista del valor. Y la abandonó. Sustituyó la utilidad por el trabajo, el mercado dinámico por equilibrios abstractos donde la función empresarial no tenía cabida. Añadió recelos sobre el comercio libre que sus antecesores continentales jamás conocieron. Ricardo tomaría esta desviación y la sistematizaría.
La obra desafía la historiografía whig que Thomas Kuhn denunció: esa fe en el progreso científico lineal e inevitable. La economía no ha avanzado así. Ha zigzagueado. Abandonó caminos fructíferos. El aislamiento lingüístico del pensamiento anglófono profundizó la ruptura. Cuando los austriacos recuperaron la teoría subjetiva casi un siglo después, pocos advertían que estaban rescatando algo antiquísimo.
Es arqueología intelectual. Demuestra que el edificio moderno de la economía se levantó sobre premisas que ocultaron alternativas válidas, incluso superiores. Restaurar ese pasado no es nostalgia anticuaria, sino trabajo vivo: los pensadores perdidos enseñan verdades que el economicismo contemporáneo ha dejado atrás.
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