En Moguer, mientras observa el dolor de los niños descalzos y las niñas que venden carbón quemado, Juan Ramón Jiménez escribe estos sesenta y uno poemas que permanecen inéditos hasta hoy.
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En Moguer, mientras observa el dolor de los niños descalzos y las niñas que venden carbón quemado, Juan Ramón Jiménez escribe estos sesenta y uno poemas que permanecen inéditos hasta hoy. Historias, redactado entre 1909 y 1912 en plena madurez creativa, traza un inventario de encuentros con la realidad más vulnerable: la infancia pobretana, los recuerdos marinos de la adolescencia y la muerte de su pequeña sobrina. Aquí el poeta no recurre a la belleza decorativa sino a la palabra exacta para nombrar lo que duele, lo que persiste, lo que merece ser recordado con ternura.
Entre 1909 y 1912, mientras vive retirado en Moguer, Juan Ramón Jiménez escribe Historias, un conjunto de sesenta y un poemas que no vería la luz durante su vida. El poeta observa desde la ventana de su soledad el mundo que lo rodea: los niños que mendigan en las calles, las niñas lisiadas que le solicitan limosna, los carboneros cubiertos de hollín, y también el mar lejano de su infancia. Cada encuentro se convierte en materia poética, en una reflexión sobre la vulnerabilidad y el sufrimiento ajeno que lo alejan de los excesos románticos de sus primeros años.
El libro se estructura en cuatro movimientos. El primero reúne las historias de los niños desfavorecidos de Moguer: la niña cojita, la carbonerilla quemada, el niño pobre que juega a ser rico. Son poemas de gran ternura que no idealizan ni sentimentalizan, sino que nombran el dolor con la precisión de quien ha aprendido a escuchar. La segunda parte despliega las marinas, evocaciones del mar que hunden sus raíces en sus años de colegial en El Puerto de Santa María y en su paso por Arcachón. Estas elegías andaluzas recuperan olores, colores y sensaciones con una melancolía que anticipa la belleza cromática de sus obras posteriores. La tercera sección, titulada La niña muerta, está dedicada a su sobrina María Pepa, quien falleció en 1911 cuando apenas tenía dos años. El poeta reflexiona sobre la muerte con una delicadeza que toca lo sagrado. Finalmente, El tren lejano cierra el libro con poemas sobre el viaje interior, la soledad del camino, la introspección de quien viaja hacia sí mismo.
Escrito durante la etapa más productiva de Jiménez en Moguer, Historias convive con Platero y yo, con el que comparte esa capacidad de mirar la realidad con hondura y sensibilidad. Estos poemas revelan a un artista que ha abandonado los ornamentos del modernismo para buscar la palabra exacta, la imagen depurada, el verso que respira con naturalidad. Ahora, por primera vez, estos sesenta y un poemas —veintisiete nunca publicados— se presentan tal como el poeta los dejó ordenados, permitiendo reconocer una faceta esencial de su trayectoria: la de un poeta elegíaco, fraterno, profundamente conmovido por la belleza que existe en el dolor.