En las primeras horas de la mañana, la avenida Nevski permanece desierta: solo trabajadores y funcionarios adormilados la cruzan sin pensar en ella. Pero conforme avanza el día, esta arteria de San Petersburgo se transmuta.
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En las primeras horas de la mañana, la avenida Nevski permanece desierta: solo trabajadores y funcionarios adormilados la cruzan sin pensar en ella. Pero conforme avanza el día, esta arteria de San Petersburgo se transmuta. A las doce llegan institutrices con pupilos; a las dos, toda la ciudad desfile en una exposición de elegancia donde cada transeúnte exhibe su gabán, sus patillas cuidadas, sus sombreros. Al anochecer, faroles mágicos iluminan sus calles y resurge una finalidad misteriosa: jóvenes registradores y caballeros compiten por alcanzar a las señoras. Cinco relatos de Gogol capturan la vida de San Petersburgo a través de personajes singulares, donde la sátira, la fantasía y la compasión revelan los secretos de una ciudad bajo el imperio ruso.
En las primeras horas de la mañana, cuando el aroma de pan recién horneado impregna las calles, la avenida Nevski permanece casi desierta. Solo mendigos, trabajadores en botas de cal y ancianos hablan consigo mismos en sus aceras. Un funcionario adormilado cruza apresuradamente hacia su oficina. A esta hora, la avenida no es destino sino simple medio de paso.
A las doce, institutrices de todas las naciones llegan con sus pupilos, explicando con grave decoro la función de los escaparates. Pedagogas inglesas y francesas caminan erguidas, vigilando la compostura de sus alumnos.
Alrededor de las dos de la tarde, la avenida Nevski alcanza su apogeo. Toda San Petersburgo parece haber decidido pasear por ella en un único momento. Surgen padres acompañados de sus cónyuges, funcionarios que han completado sus compromisos domésticos, hombres del Ministerio de Asuntos Exteriores distinguidos por su elegancia. La avenida se transforma en una exposición viva de humanidad: gabanes de castor de la mejor calidad, narices de perfil griego, patillas de todas las variedades —negras para el Ministerio de Asuntos Exteriores, rojizas para los demás—, bigotes prodigiosos que han consumido las mejores pomadas de Arabia. Las mujeres despliegan talles sutiles como botellas, mangas hinchadas como globos, sombreros de todos los colores. Aquí se intercambian las sonrisas más exquisitas, los saludos más elegantes; se habla del tiempo y los conciertos con la dignidad de quien conoce su propia importancia.
A las tres, los funcionarios públicos emergen de sus oficinas en uniformes verdes, caminando deprisa con la cabeza gacha, aún sumergidos en sus desvelos burocráticos.
Hacia las cuatro, la avenida se vacía nuevamente.
Pero cuando cae la noche y los faroles callejeros se encienden, la avenida cobra vida nuevamente. Una luz mágica y seductora ilumina sus calles. Hombres jóvenes en levitas y gabanes deambulan con finalidad misteriosa. Largas sombras se deslizan por las paredes. Caballeros de edad avanzada compiten ansiosamente con registradores jóvenes por alcanzar a las señoras, cuyas mejillas teñidas de colorete resultan irresistiblemente atrayentes.
Esta colección de cinco relatos de Nikolai Vasilyevich Gogol, del período 1835-1842, representa lo más característico de su arte narrativo: la combinación deliciosa de sátira social, fantasía, ternura y compasión. A través de personajes singulares —funcionarios vanidosos, oficinistas enamorados, damas coquetas—, Gogol desvela las realidades ocultas de la vida cotidiana en la capital imperial rusa, donde cada transeúnte carga consigo su propio drama, su ambición o su melancolía bajo la superficie perfecta de la elegancia y el decoro urbano.
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