Una mujer se despierta desnuda en un apartamento desconocido. A su lado yace un hombre muerto, degollado. Sus recuerdos de las últimas horas son fragmentarios, confusos, y no puede estar segura de su propia inocencia.
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Una mujer se despierta desnuda en un apartamento desconocido. A su lado yace un hombre muerto, degollado. Sus recuerdos de las últimas horas son fragmentarios, confusos, y no puede estar segura de su propia inocencia. Cuando oye las sirenas de la policía, debe escapar. Perseguida y aterrada, huye a través de las azoteas de Nueva York, desapareciendo en la noche.
Abrimos con la escena concreta: una mujer despierta en una habitación desconocida, desorientada, escuchando las notas melancólicas de «September in the Rain» en un tocadiscos. Poco a poco recupera la conciencia y advierte que está completamente desnuda. Confundida, intenta reconstruir sus movimientos, pero su mente es un laberinto de nieblas y oscuridades que no logra traspasar. Entonces lo ve: un hombre tendido en la moqueta, degollado de oreja a oreja. El cuchillo, sucio de sangre, yace en el suelo. Toda la habitación revela signos de lucha: ceniceros volcados, vasos rotos, muebles desparramados. Sus recuerdos de las horas anteriores son fragmentarios y perturbadores. Recuerda haber llegado con aquel hombre, recuerda su repugnante comportamiento, sus manos viscosas, pero todo lo demás es borroso, incierto. ¿Fue ella quien empuñó el cuchillo? No lo sabe. No puede estarlo. Cuando oye las sirenas de los coches patrulla aproximándose, comprende que debe escapar. Las sospechas caerán sobre ella inevitablemente: una mujer desnuda junto a un cadáver, con antecedentes que prefiere no mencionar. La policía no le creerá nada. Y hay algo peor aún: si la capturan, la devolverán a aquel lugar del que huyó, a eso que no quiere ni recordar. Sin tiempo para reflexiones, se viste apresuradamente y busca una salida. Las escaleras son su única opción. Asciende descalza, planta tras planta, escapando de los agentes que suben en el ascensor. Luego cruza las azoteas de los edificios vecinos, saltando muros, sorteando luminosos publicitarios, buscando desesperadamente seguir adelante. En uno de esos saltos se desgarra la falda, pero no se detiene. Logra bajar por las escaleras de un edificio contiguo, toma un ascensor hasta la planta baja con el corazón desbocado, y pasa junto al conserje con una calma fingida. Un simple «Buenas noches» es suficiente para que el hombre no repare en ella. Segundos después abandona el edificio y se mezcla con la multitud noctámbula del sábado en Nueva York, desapareciendo en la boca del metro. Pero mientras ella se pierde en las entrañas de la ciudad, en otra parte alguien acaba de escribir la palabra «fin» en una máquina de escribir. Roy Casper, un novelista de pulp que escribe por encargo, acaba de terminar otra novela barata. Personajes que viven exactamente el número de páginas que el editor exige, asesinatos ficticios creados con frialdad profesional. Obra tras obra, el mismo ciclo: escribir, entregar, cobrar, olvidar durante un par de días, volver a empezar. Una pregunta comienza a hacerse evidente: ¿dónde termina la ficción y comienza la realidad?
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