En las calles de París, a finales del diecinueve, el narrador sube por una escalera estrecha hacia una sesión de espiritismo. Lo que encuentra es farsa: una mesa que se mueve sin convicción, respuestas incoherentes, personajes desesperados…
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En las calles de París, a finales del diecinueve, el narrador sube por una escalera estrecha hacia una sesión de espiritismo. Lo que encuentra es farsa: una mesa que se mueve sin convicción, respuestas incoherentes, personajes desesperados buscando sentido en el misterio. Entre ellos, la patrona Marina que sueña con riqueza y pasión, y el falso aristócrata Gastón de Valois, que construye su vida en mentiras ornamentales. Retrato de la credulidad humana y las ilusiones que alimentan los márgenes de la ciudad.
Cuando el narrador llega a París a finales del siglo diecinueve, se aloja en la calle de Flatters, donde la patrona Marina, una mujer robusta y supersticiosa, vive atrapada por folletines y la fe en lo oculto. Sueña con amuletos mágicos que cambien su vida. Tras descubrirlo leyendo libros sobre ciencias ocultas, lo invita a una sesión de espiritismo en el bulevar Batignolles.
En esa sesión, una docena de personajes rodean una mesa prometiendo contacto con lo invisible. Los asistentes son un muestrario de desesperación: mujeres descuidadas, hombres fracasados, un ex seminarista que predica convergencia de religiones en el espiritismo. La sesión es transparentemente fraudulenta: los movimientos provienen de empujones de los concurrentes, las respuestas del espíritu son risiblemente incoherentes. Entre el público aparece Gastón de Valois, un joven que pretende descender de realeza vasco-francesa, quien se suma amablemente al grupo del narrador, Marina y un pintor.
Valois es un farsante que ha construido su vida entera sobre mentiras seductoras. Vive en un cuarto miserable cerca del Père-Lachaise, se cocina en un infiernillo eléctrico, se zurcía sus calcetines, pero frecuentaba casas aristocráticas presumiendo de riqueza. Inventó una genealogía fantástica emparentándose con Carlomagno, Diocleciano, Nerón y Marco Aurelio. Todo en él es representación, una comedia cuyo propósito nadie comprende bien, ni él mismo.
A partir de la sesión, Valois se vuelve frecuente en casa de Flatters. Cultiva el interés de Marina con disertaciones sobre ocultismo y cábala. Lleva consigo a un pintor entusiasta de El Bosco. Gradualmente se hace indispensable. Marina, cautivada, vive un mundo de misterio y romanticismo que Valois alimenta con erudición fantástica.
El narrador reflexiona sobre el espiritismo: no es nada, pero sirve para sacar dinero. La gente lo cree porque necesita un mundo lleno de cosas extrañas, más interesante que la realidad. La idea de que los espíritus se manifiesten golpeando una mesa es más reconfortante que aceptar que nunca volveremos a ver a los muertos. Es una historia de París bohemio, de credulidad humana, de personas que viven en los márgenes inventando identidades, de cómo las ilusiones sostienen vidas que de otro modo carecerían de sentido.
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