El inspector Wade París llega en plena noche a las ruinas de una cabaña junto al lago Indio. Bajo una manta gris yace el cuerpo quemado de Arnold Gregg, un viudo vendedor de estampillas raras.
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El inspector Wade París llega en plena noche a las ruinas de una cabaña junto al lago Indio. Bajo una manta gris yace el cuerpo quemado de Arnold Gregg, un viudo vendedor de estampillas raras. El fuego parece intencional, diseñado para ocultar un crimen. Con testimonios fragmentarios de una pelea previa, un desconocido misterioso y una sobrina en el entorno cercano, París debe reconstruir las horas que llevaron al homicidio entre las montañas.
El motor zumba rítmicamente mientras el inspector Wade París cruza las montañas durante la madrugada, conduciendo con cautela por caminos cerrados y estrechos. No sabe aún si ha ocurrido un asesinato; sólo sabe que existe un cadáver y que su causa de muerte permanece por determinarse. Cuando llega al valle donde se alza la cabaña de Arnold Gregg, encuentra las ruinas humeantes circundadas por vehículos con los faros encendidos, mangueras de bomberos tendidas sobre agujas de pino mojadas y un acre olor a quemado flotando en el aire nocturno.
Bajo una manta gris descansa el cuerpo de Gregg, calcinado más allá de cualquier reconocimiento inmediato. Pero los indicios que rodean su muerte trazan un patrón inquietante. El detective inspector Edward Carew, del Servicio de Incendios estatal, advierte algo en la posición del cadáver: no yace cerca de ventana alguna, lo que sugiere que Gregg no intentó escapar de las llamas. Más aún, el aire cargado de olor a queroseno delata una causa intencional. Carew es categórico: el fuego fue provocado para ocultar un homicidio.
Las primeras pistas apuntan hacia un joven desconocido. Horas antes del incendio, un hombre de cabello negro, ojos azules y unos veintiocho años de edad sostuvo una acalorada discusión con Gregg en la calle mayor del pueblo. El enfrentamiento terminó con un puñetazo, pero Gregg se negó a presentar cargos, arguyendo que se trataba de un amigo que atravesaba dificultades. El alguacil Wishniak, único testigo, podría reconocerlo de inmediato.
A medida que París interroga a los Tremont, la pareja que descubrió el fuego desde la otra orilla del lago, surgen nuevos detalles. Tremont recuerda un ruido fuerte minutos antes de que las llamas saltaran sobre los árboles, seguido por el sonido de un automóvil que se alejaba a velocidad pero sin encender los faros. También emerge la existencia de una sobrina rubia, una joven de poco más de veinte años, que visitaba regularmente a Gregg los fines de semana. Una muerte envuelta en fuego, un joven misterioso, una sobrina en el entorno, y un hombre que guardaba secretos profundos en su vida como vendedor de estampillas raras.
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