En una mina negra donde hombres e indios cavan bajo vigilancia brutal, Johnny McKenna cumple una condena que es más que una sentencia de muerte lenta. Una explosión de grisú rompe el orden del infierno subterráneo.
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En una mina negra donde hombres e indios cavan bajo vigilancia brutal, Johnny McKenna cumple una condena que es más que una sentencia de muerte lenta. Una explosión de grisú rompe el orden del infierno subterráneo. En el caos que sigue, McKenna encuentra armas y determinación para no solo escapar, sino para devolver fuego a sus captores. Lo que comienza como revuelta se convierte en destrucción sistemática y en el inicio de un viaje hacia Bounder, donde las cuentas aún esperan.
Johnny McKenna llega a una de las peores explotaciones mineras del país, condenado a seis meses por una riña que apenas recuerda cómo comenzó. Bajo tierra, en un mundo de oscuridad perpetua, descubre que la mina es un infierno donde hombres e indios, rotos en espíritu y cuerpo, cavan carbón como si estuvieran condenados a la eternidad. La vigilancia es implacable: guardias armados, capataces crueles, perros entrenados para rastrear. Un viejo preso le advierte que no hay escape posible, que sus fuerzas serán exprimidas hasta el agotamiento total, después simplemente desechado.
Pero McKenna, joven y aún fuerte, se niega a aceptar esa sentencia de muerte lenta. La noche en que muere el viejo, la tierra tiembla desde lo profundo. Una explosión de grisú sacude la mina desde sus entrañas más oscuras, destruyendo galerías enteras y sepultando trabajadores bajo toneladas de roca. En el caos subsecuente, McKenna ve lo que ha estado esperando en silencio: su oportunidad.
Se arma rápidamente con revólveres y rifles de guardias caídos. Junto con Steve, otro preso, y los indios del campamento que reconocen la oportunidad, comienza una contraofensiva calculada. Lo que sigue es una progresión implacable de destrucción. Los cobertizos arden, los guardianes caen abatidos por fuego cruzado, y McKenna lidera la rebelión no hacia la simple fuga, sino hacia la aniquilación metódica del sistema que los ha aplastado.
Cuando localiza el depósito de dinamita y municiones, el campamento minero se convierte en un infierno de fuego y muerte. Al amanecer, entre cadáveres dispersos y ruinas humeantes, McKenna despide a los sobrevivientes hacia el norte, hacia los bosques donde podrán esconderse de cualquier persecución. Pero él no se va.
En la choza del capataz principal, reúne sistemáticamente todos los documentos confidenciales: listas de guardias, registros de presos, planos de vigilancia. McKenna comprende con claridad que estos papeles poseen un valor superior al de cualquier arma de fuego, porque revelan toda la red de corrupción. Luego cabalga hacia Bounder, la población donde todo comenzó, donde el juez que lo condenó sigue sus negocios protegido por sobornos, donde Harvey Sutton cree estar a salvo. McKenna va con la violencia y la muerte como compañeras constantes de camino, decidido a ajustar las cuentas finales que la mina dejó pendientes.
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