En la plaza de San Marcos, durante el bullicio del Carnaval, la multitud presencia lo que ocurre: el cuerpo del papa desciende entre los adoquines.
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En la plaza de San Marcos, durante el bullicio del Carnaval, la multitud presencia lo que ocurre: el cuerpo del papa desciende entre los adoquines. Una figura encapuchada, vista desde la repisa, se retira desapareciendo entre las sombras del Palacio Ducal. Este asesinato traza un puente temporal entre la Venecia contemporánea y la antigua Mantua del siglo quinto, donde un caballero blanco vigilaba los movimientos de Atila.
Dos épocas convergen en una trama tejida por fuerzas que trascienden la historia. En el año 452 d.C., en la verde llanura de Mantua, el papa León negocia cara a cara con Atila, el temible rey de los hunos cuyas hordas avanzan sin piedad sobre el Imperio Romano. A su lado permanece Ioannes, un caballero de capa blanca cuya verdadera identidad permanece envuelta en misterio y cuya lealtad parece exceder lo terrenal.
Más de mil años después, Venecia se prepara para celebrar el Carnaval. En medio del fervor de los disfraces y la multitud, conviven eventos de máxima importancia: un encuentro diplomático de líderes mundiales y la tradición más antigua de la ciudad, el Vuelo de la Paloma. En lo alto del Campanile, ese equilibrio se quiebra. El papa cae, arrastrado por manos invisibles. Una figura de capa blanca permanece un instante en la repisa, permitiendo ser vista, antes de desvanecerse en los tejados.
El sacerdote Riccardo Loredan recoge del cadáver un naipe extraño: un águila con un felino bajo su ala. El mismo símbolo que el tiempo ha guardado en silencio. Personas dispersas en el mundo convergen hacia Venecia impulsadas por razones que no comprenden del todo. John Sheppard, quien busca dar sepultura a su hermano, burla la vigilancia. María Ayarza abandona sus búsquedas en Estambul. Cada movimiento forma parte de un tejido que conecta lo efímero con lo eterno.