Cuando Noé desembarca tras el diluvio que aniquiló toda vida terrestre, construye un altar y sacrifica animales. Jehová, percibiendo el olor de sangre, se complace.
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Cuando Noé desembarca tras el diluvio que aniquiló toda vida terrestre, construye un altar y sacrifica animales. Jehová, percibiendo el olor de sangre, se complace. A partir de este episodio, el autor propone que el Dios del Antiguo Testamento no es el mismo que el del Nuevo Testamento: es un falso dios sediento de sangre que gobernó mediante el terror y la exigencia de sacrificios. El libro rastrea dieciocho referencias bíblicas en el Génesis que evidenciarían esta naturaleza sanguinaria, contrastando un dios de venganza, odio y muerte con el Dios de amor infinito que predicó Jesús.
Cuando Noé desembarca tras el diluvio que aniquiló toda vida terrestre, construye un altar y sacrifica animales de cada especie. Jehová, percibiendo el olor de la sangre, se complace. A partir de este episodio que abre el presente análisis, el autor propone una tesis central: el Dios del Antiguo Testamento no es el mismo que el del Nuevo Testamento, sino un falso dios sediento de sangre que gobernó la antigüedad mediante el terror, la venganza y la exigencia constante de sacrificios.
El libro es resultado de años de lectura, análisis y reflexión sobre las escrituras. El autor advierte una contradicción irreconciliable: mientras que el Dios del Nuevo Testamento encarna el amor puro, la compasión infinita y el perdón eterno —atributos del Dios que Jesús llamaba Padre—, el Jehová del Antiguo Testamento es presentado como un ser de maldad, odio, venganza y sed de sangre.
La investigación rastrea dieciocho referencias bíblicas principalmente en el Génesis que supuestamente evidencian esta naturaleza sanguinaria. Se analizan episodios como el rechazo a la ofrenda sin sangre de Caín, la preferencia divina por los sacrificios de animales, el diluvio como masivo acto de sacrificio humano, la prohibición de consumir sangre mientras Jehová la demanda para sí, la construcción de altares destinados exclusivamente a ofrendas cruentas, el mandato de sacrificar al hijo de Abraham, y la destrucción de Sodoma y Gomorra.
El texto sugiere que los cristianos primitivos, particularmente los cátaros, ya habían identificado este falso dios como el Diablo disfrazado bajo nombres como Jehová y Yahveh. La conclusión es que un ser que exige sangre, castiga con violencia extrema y goberna mediante el miedo no puede ser el mismo que predicó misericordia y redención.