Un muchacho de diecisiete años camina por los caminos de Francia tras escapar de un destino incierto. En cada rostro que encuentra, sus ojos descubren los contornos de la muerte.
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Un muchacho de diecisiete años camina por los caminos de Francia tras escapar de un destino incierto. En cada rostro que encuentra, sus ojos descubren los contornos de la muerte. Cuando llega a una fuente aristocrática, avista a una mujer que lee en solitario el De voluptate de Valla. Entre ellos nace un extraño diálogo sobre filosofía y mortalidad, mientras el joven se debate entre su obsesión por los libros y una tentación corporal que lo desconcierta.
Cuando un joven de diecisiete años logra escapar de un pasado velado, comienza un viaje por los caminos de Francia que lo marca profundamente. En cada rostro que encuentra, sus ojos entrenados descubren los contornos de la muerte acechando bajo la piel viviente. Camina cantando a pesar de esta visión perturbadora, consciente de que la mortalidad es el único señor absoluto del hombre.
Al mediodía llega a una fuente de recreo donde la aristocracia disfruta del verano. El estanque hierve de actividad: hombres y mujeres juegan en aguas transparentes, beben vino, se persiguen sin inhibiciones. En medio de esta escena pagana, el joven avista a una mujer que lee apartada del tumulto. Es Dorotea, una dama de ojos azul oscuro y rubios cabellos mojados, que lleva un fino collar de perlas incluso durante el baño. Lo que lo cautiva no es tanto su belleza, sino el libro que sostiene: una edición en latín del De voluptate de Laurentius Valla.
Hace semanas que no lee nada, pues tuvo que vender sus propios libros para poder escapar. Con una pasión que lo impulsa a traspasar el perímetro del jardín, se acerca a ella. Entre ambos nace un extraño pacto: él restaurará el libro dañado mientras lo lee en voz alta, esclareciendo los pasajes que ella no logra descifrar completamente.
Lo que comienza como intercambio intelectual se complica rápidamente. Dorotea lo invita a su tienda, lo alimenta con manjares mientras sus ojos lo estudian con una curiosidad que trasciende lo académico. Desea saber quién es, de dónde viene, su nombre y su familia. El joven responde con enigmas: solo tiene los años que ella ve en sus ojos, y sus referencias son los clásicos que ha memorizado.
Entre ellos hay una batalla silenciosa: ella busca seducir a este joven asceta cuya claridad contradice su juventud, mientras él lucha por mantener su enfoque en el mundo de las ideas y la mortalidad que pervade toda existencia.
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