Judas llega al atardecer, con su rostro dividido en dos mitades que expresan contradicciones irreconciliables. Mientras los discípulos lo rechazaban por su fealdad y sus mentiras constantes, Jesús lo acoge sin vacilar en su círculo.
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Judas llega al atardecer, con su rostro dividido en dos mitades que expresan contradicciones irreconciliables. Mientras los discípulos lo rechazaban por su fealdad y sus mentiras constantes, Jesús lo acoge sin vacilar en su círculo. La novela sigue la gradual integración de este hombre despreciado: sus historias sobre la corrupción que descubre en otros, sus juegos de palabras que mezclan verdad y ficción, y cómo aquellos que lo rodeaban terminaron acostumbrándose a su extraña presencia, aunque la desconfianza nunca desapareció completamente.
La novela retrata a Judas Iscariote en el momento en que llega al círculo de Jesús. Los discípulos, muchos de los cuales lo conocen de Judea, lo rechazan inmediatamente: es pelirrojo, de aspecto repugnante, y carga una reputación de mentiroso, codicioso y pérfido. Su rostro mismo es un testimonio de su naturaleza conflictiva: dividido en dos mitades irreconciliables, una vivaz con un ojo negro penetrante, la otra cadavérica con un ojo ciego permanentemente abierto bajo una catarata blanca. Incluso aquellos que aman el mal lo rechazaban. Pero Jesús, movido por una compasión que desafía toda lógica, lo acoge sin vacilar e insiste en sentarlo a su lado. Juan se aparta, los demás bajan la cabeza en silencio, pero es Pedro quien finalmente lo defiende con una metáfora sorprendente: Judas es como un pulpo feo, pero sabroso. Gradualmente, los discípulos se acostumbran a su presencia. A medida que avanzan las jornadas, Jesús le confía el cofre del dinero y la administración de los asuntos prácticos. Judas administra con destreza, compra comida, distribuye limosnas, busca refugio, ganándose la simpatía incluso mientras sus historias permanecen siendo pura invención. Las mentiras de Judas revelan una verdad perturbadora: según su visión, todos los hombres son corruptos en secreto. Narra anécdotas imposibles sobre personajes venerables, acusa a otros de crímenes insólitos, habla con burla de sus padres, como dudando de su propia existencia. Sus relatos crean una atmósfera extraña en la que una mitad de su rostro se contrae en muecas bufonas mientras la otra permanece seria y severa, y ese ojo que nunca se cierra mira inmóvil y opaco. Solo Tomás lo escucha sin reír, interrogándolo constantemente sobre la veracidad de sus relatos. Juan guarda un silencio obstinado que parece guardar una verdad inexpresable. La extraña proximidad entre la belleza divina de Jesús y la fealdad monstruosa del nuevo discípulo permanece como un enigma insoluble.
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