Un portero recibe una caja en el Hotel Imperator. Dentro viaja Kai, un chico callejero de doce años que busca al "rey de los cigarrillos" para proponerle un trato.
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Un portero recibe una caja en el Hotel Imperator. Dentro viaja Kai, un chico callejero de doce años que busca al "rey de los cigarrillos" para proponerle un trato. Entre una apuesta audaz por mil dólares y una organización secreta de niños de las calles, emerge una estrategia de publicidad desconocida: la Mano Negra, símbolo pintado en cada rincón de la ciudad, capaz de hacer hablar de un desconocido sin gastar un centavo.
En el Hotel Imperator, un portero descarga una caja destinada a la habitación doce. De su interior emerge Kai, un chico callejero de apenas trece años que ha viajado dentro para eludir al portero. Con la audacia de quien no tiene nada que perder, Kai se presenta ante Joe Allan, el potentado estadounidense conocido como “el rey de los cigarrillos”, con una proposición inesperada: quiere convertirse en “rey de la publicidad”.
Allan, escéptico, propone una apuesta. Mil dólares contra la honda de Kai—su única posesión valiosa—a que mañana por la mañana nadie en la ciudad hablará del chico desconocido. Kai acepta con la tranquilidad de quien posee un plan que Allan aún desconoce.
Esa noche, mientras dormía su hermana pequeña Erika—huérfana como él, soñando con una muñeca que nunca tendrá—Kai se moviliza. Viaja gratis en tranvías y trenes, colándose entre pasajeros, deslizándose bajo las barreras de las estaciones de metro. Emerge en un barrio obrero donde las chimeneas de fábricas se alzan contra el cielo vespertino. Allí, en la vieja Estación del Norte, se reúne con La Mano Negra: una sociedad secreta de cientos de chicos callejeros, vendedores de periódicos, deshollinadores, aprendices, todos bajo su mando.
Con un silbido largo y dos cortos, la señal de La Gran Serpiente de Cascabel, Kai convoca a sus tropas. Cien pequeñas sombras emergen de sótanos y azoteas, trepan sobre cajas y vallas, desgarran pantalones en alambres de púas. Transportan una idea simple pero efectiva: pintar manos negras—el símbolo de su organización—en cada escaparate, muro, acera y columna anunciadora de la ciudad.
Cuando llega la mañana, la ciudad despierta cubierta de Manos Negras. Aparecen en los periódicos, en los muros, en cada superficie visible. Los cocheros despiertan sobresaltados por los chavales que palmean los cuartos traseros de sus caballos. El vigilante Bumser investiga la vieja estación, pero encuentra solo silencio. Nadie sabe de dónde vienen las manos, quién las pinta, ni qué significan. La ciudad no habla de otra cosa.
En la habitación doce del Hotel Imperator, Joe Allan lee el periódico de la mañana, donde una mano negra a tamaño natural se estampa sobre los titulares. Se afeita mientras procesa la audacia de Kai. Poco después, llega Alejandro Kubalski, agente de publicidad diplomado, reluciente en su atuendo de sombrero de copa y guantes amarillos, para proponer una estrategia publicitaria que no puede compararse con lo que ya está sucediendo en las calles.
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