Ettore Radossi vive en Harlem bajo la protección de la ignorancia de su madre. Agente especial del FBI de día, asesino a sueldo de noche, cultiva una doble vida donde la delicadeza de un músico convive con la crueldad de un criminal.
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Ettore Radossi vive en Harlem bajo la protección de la ignorancia de su madre. Agente especial del FBI de día, asesino a sueldo de noche, cultiva una doble vida donde la delicadeza de un músico convive con la crueldad de un criminal. Cuando un traficante de drogas lo contrata para eliminar a un inspector que persigue a su organización, la mano que toca el violín se prepara para apretar el gatillo.
En un apartamento de Harlem, Mamma Paola despierta a su hijo Ettore con ternura maternal. El joven, de belleza casi femenina, tocará el violín, desayunará, se bañará y se arreglará meticulosamente antes de recibir una visita. Ettore es agente especial del FBI, o al menos eso cree su madre, que guarda celosamente este secreto entre sus vecinas. La realidad es más compleja: Ettore trabaja en ambos lados de la ley, una mano toca Scarlatti mientras la otra se tiende para recibir dinero manchado de sangre.
Cuando Schenley, un traficante de drogas de rostro pétreo, cruza el umbral del despacho de Ettore, la conversación se desvía hacia el asesinato. El FBI persigue a la organización de Schenley con demasiada insistencia. El inspector Shaw es un obstáculo que debe desaparecer. Schenley busca a alguien que haga el trabajo: un asesino profesional que no figure en sus registros, alguien con inteligencia suficiente para eludir la vigilancia policial. Ettore, con una sonrisa siniestra, se ofrece para el encargo. Cuatro mil dólares: dos mil ahora, dos mil cuando el inspector esté muerto.
Lo que Schenley no anticipa es la transformación que se opera en Ettore cuando se habla de muerte. Su belleza delicada se torna feroz, sus labios tiemblan con anticipación homicida, sus ojos encienden con una llama que sugiere que matar no es solo un oficio, sino una necesidad visceral. La conversación termina con Ettore plenamente activado, nervioso, sus manos temblando mientras guarda los billetes. Promete actuar de inmediato.
Cuando Schenley se va, Ettore debe recuperar la compostura ante su madre. Vuelve a ser el músico sensible, el hijo cariñoso. Pero algo ha despertado en él: la promesa de la acción, el contacto del gatillo, la eliminación del inspector Shaw. Su madre nota los nervios, la agitación. Pide el violín, como si la música fuera el único lugar donde pueda contener lo que bulle en su interior.