Millie ajusta los anteojos innecesarios que compró para parecer menos amenazante. Vive en su auto desde hace un mes y esta entrevista como ama de llaves en la mansión Winchester podría ser su salvación.
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Millie ajusta los anteojos innecesarios que compró para parecer menos amenazante. Vive en su auto desde hace un mes y esta entrevista como ama de llaves en la mansión Winchester podría ser su salvación. Nina es elegante y despreocupada, ofrece buen salario y una habitación en el ático. Pero algo en ese cuarto da miedo. Y su hija Cecelia, con ojos azul pálido que atraviesan el alma, la observa como si pudiera verla a través de la ropa. El paisajista le lanza una advertencia muda con la mirada. Una semana después, suena el teléfono.
Millie duerme en su Nissan desde hace un mes. Desalojada, desempleada, todo lo que posee cabe en el maletero. Cuando ve el anuncio de trabajo como ama de llaves en una mansión de lujo, se permite un rayo de esperanza. Se viste deliberadamente sin gracia: falda de lana gruesa, blusa de poliéster con mangas abullonadas, anteojos innecesarios. No quiere parecer una amenaza.
Nina Winchester es elegante y adinerada. Durante la entrevista ofrece un salario generoso, limpieza y cocina ligera, ayuda ocasional con su hija Cecelia. La habitación será en el ático.
El recorrido por la mansión desplega un lujo incomprehensible: techos altísimos, pantalla gigante, sala de cine con asientos tipo estadio, candelabro brillante. Pero cuando llegan a la escalera del ático, algo cambia. Las escaleras son estrechas y oscuras. En la parte superior, los techos son bajos y amenazantes.
La habitación es pequeña y modesta: un catre individual, una librería media, una cómoda pequeña, iluminada por dos bombillas desnudas. El techo está inclinado. Una ventana minúscula da al patio trasero. Nadie podría verla allí, nadie la oiría si gritara. Un terror irracional se forma en el estómago de Millie sin que pueda explicarlo.
Luego aparece Cecelia, la hija de nueve años, en un vestido azul con encaje blanco. Sus ojos azul pálido penetrantes parecen atravesar a Millie, leer algo invisible en su alma.
Cuando se va, el paisajista en el jardín delantero la mira. Sus ojos oscuros encuentran los de Millie. Ella saluda. Él no responde. Solo niega con la cabeza, casi imperceptiblemente, como una advertencia silenciosa.
Una semana pasa sin noticias de Nina Winchester. Millie sigue en su auto, comiendo sándwiches, duchándose donde puede. Cuando finalmente suena su teléfono de prepago, no es la llamada que esperaba.